No blasfemo, no juzgo, ni tampoco reniego, pero a veces le quisiera pedir a Dios que ya apunte para otro lado.
Que nos retire un poco la mano, que regrese a mi familia la paz que merecemos y que concentre mejor su atención en otros que están aquí de más, que lastiman y que sin asomar el rostro han convulsionado a Tamaulipas y, que sin embargo, ahí lucen tan completitos.
Es ya demasiado tu saña y la veo a ella, a mi esposa, desintegrarse física y moralmente frente a tanta tensión, por eso hoy te suplico ahora si que, si estás irritado, que selecciones a otro objetivo, porque de todos nosotros solo has gozado de la veneración y del respeto.
No se si me escuchas, ojala que si, porque ya resulta necesario que nos concedas el privilegio de ingresar a tu larga lista de personas de bien, de esas que quieren vivir como se debe, sin sobresaltos, sin sufrimientos y que ameritan tu urgente compasión.
Y no solo hablo por ellos y por ellas –su familia- que se debate hoy en el dolor, sino también por mí y por los míos, a quienes sin piedad les sigues sembrando el camino con espinas como las que en su momento coronaron y lastimaron tu sien y que te obligaron a sollozar.
Frente a tu imagen, mil y más veces te hemos pedido que ya tengas piedad de nosotros, pero tu cansancio para atender, es cada vez más evidente.
Cuando ella, mi esposa Blanca, aun no se repone de un triste episodio, de nuevo la pones a prueba y, eso, ya no se vale, porque las fuerzas se agotan.
Este domingo, a cuatro días de una operación, falleció Silvia Guadalupe Acle Guerrero, como consecuencia del maldito cáncer, una mujer que dedicó su vida en serio a la educación en Tamaulipas, una maestra de origen libanés inquieta, propositiva y visionaria, de la cual su natal San Fernando y todo Tamaulipas, se debe sentir orgulloso.
Doctora en Educación, Silvia era la Coordinadora General del Programa “Victoria, Ciudad Educativa” que la hizo merecedora del respeto y del reconocimiento de gobernadores y alcaldes, porque con su visión se atrevió a rascarle los cinco “picos” a las estrellas, para que la capital de Tamaulipas brillara, se levantara el cuello, a nivel internacional en materia de educación.
Hiperactiva, como era, ella intentó incursionar en la política y se registró como candidata del Panal a diputada local por el décimo cuarto distrito electoral, pero ni siquiera tuvo la oportunidad de pronunciar su primer discurso, porque esa sorpresiva enfermedad la postró en cama.
Conmueve, observar aun en estos días los pendones con su fotografía que cuelgan en los ventanales de los hogares de algunos maestros y de los comercios locales que marcarían el inicio de su campaña, la cual nunca se concretó por su estado de salud.
Iba a ser, ella, una digna rival de Blanca Valles Rodríguez, quién por supuesto desde un inicio se enteró de su condición y de otros que nunca se percataron que era una figura de peso.
Aun en su lecho Silvia nunca se sintió derrotada y seguido le confiaba a mi esposa, a su gran amiga Blanca, que como esa palabra que marco su apellido lucharía como un guerrero para vencer a esa enfermedad que no esperaba, que se metió a su casa sin permiso y que expulsaría a patadas como se hace con un invasor.
Ella deja un espacio en el magisterio de Tamaulipas difícil de llenar y un grato recuerdo entre sus amigas Laura, Ildelisa, María del Jesús, Diana, Irma Gloria, Elsa Irma y Tere Baeza, entre muchas otras, que estuvieron a su lado en la pena y en la gloria y quienes hoy sufren por su lamentable deceso.
Descansa en paz, Silvia.
Mi pésame a tu familia y a todos aquellos que gozaron de tu amistad.
Y quienes desde aquí, por tu luz, te aclaman.
Con un sonoro aplauso.
El magisterio de luto
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