Nublado, como casi siempre, aquel día de paseo por el Distrito Federal se antojaba especial.
Algo de lluvia por El Zócalo, dónde dos empleados armaron una cruz frente al Departamento del DF a la que se ataron con los brazos abiertos para protestar por un despido injustificado. Yo, con cámara fotográfica en mano disparaba flachazos y a mi lado los camarógrafos de Televisa y reporteros de Radio Red hacían su trabajo para nutrir a sus medios con esa atractiva forma de rebelarse en pleno corazón de la capital mexicana.
De la mano de mi esposa Blanca me interné con rumbo a la Torre Latinoamericana, pero no habíamos avanzado ni 50 metros cuando se escuchó fuerte el bullicio de miles y miles de integrantes del “Yo soy 132”, unos disfrazados, otros cubriendo su rostro con paliacates y muchos más gritando consignas en contra Enrique Peña Nieto a quien llamaban “presidente ilegítimo y de algunos medios nacionales que tachaban de vendidos.
Nos perdimos entre la multitud y se siente padre rodearse del calor que despiden esos jóvenes universitarios y trabajadores que defienden su postura, sea justo o no.
Tomé la cámara fotográfica y le pedí a mi esposa que posara junto a dos personajes que destacaban en la manifestación por su originalidad.
Eran dos hombres maduros que perfectamente maquillados y vestidos a la antiguita caracterizaban a Benito Juárez y a Miguel Hidalgo, quienes ondeaban la bandera de México y quienes también desde su ronco pecho gritaban “fraude, fraude”.
Como pudimos avanzamos y llegamos a la altura del Palacio de Bellas Artes que lucía totalmente rodeado por vallas metálicas, de madera y por granaderos que atentos vigilaban la descomunal hilera con macana en mano y quienes a pesar de los insultos que les lanzaban los estudiantes, permanecías inmóviles, como las estatuas de marfil.
Y porque el peligro de un enfrentamiento era latente, mejor abordamos un taxi hacia el Museo de Antropología e Historia que nos dejo precisamente en la puerta.
Descendimos y al voltear a la derecha observé con curiosidad aquellas dos enormes alas de bronce color oro que se abrían en el camellón central del Paseo de la Reforma y una columna de esculturas más perfectamente trabajadas por el artista contemporáneo de origen michoacano, Jorge Marin.
Ella y yo posamos entre esas dos bellas alas que invitaban a fantasear, a soñar que por un segundo se emprendía el vuelo.
Y desde ese lugar, a un costado de la avenida, se alcanzaba a observar enormes posters con la figura de los artistas que han pisado el Auditorio Nacional, entre ellos Tania Libertad, Vicente Fernández, Silvio Rodríguez, Pablo Milanes, Yuri y muchos más que han tenido ese privilegio.
Hoy, esas alas y casi una decena de esculturas más de entre 200 y 500 kilos de peso cada una, nos visitan aquí, son nuestros huéspedes y nos invitan a conocer de cerca su perfección en la avenida “El 17” en Ciudad Victoria, Tamaulipas.
Entre ellas predominan las máscaras, los centauros, las madonas y los acróbatas y forman parte del universo plástico y de la creatividad de Jorge Marin, quien ya carga en su morral 25 años de artista.
Son figuras muy estéticas que casi hablan, que impresionan por su belleza, que parece que nos sonríen.
Amigos, dejen que ellas te atrapen hoy bajo sus alas y disfruta y respeta esa obra que ha recorrido el mundo y que estará entre nosotros hasta el 29 de Octubre gracias al ITCA y al ayuntamiento de Ciudad Victoria, cuyas autoridades demuestran con esto su buen gusto.
Ellas, te esperan, con las alas abiertas.
Correo electrónico: [email protected]