Por ser indígena la discriminan en la frontera

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Nuevo Laredo, Tamaulipas.-Rosa Elena Blanca Martínez es una mujer Otomí de 70 años de edad que llegó a esta frontera con la intención de trabajar, pero por su aspecto indígena y su vestimenta autóctona, las puertas se le cerraron, por lo que para sobrevivir pide limosna en la avenida principal de esta frontera, muy cerca del puente internacional y del río Bravo.

De aspecto humilde, morena, y muy bajita de estatura, como la mayoría de las mujeres de su comunidad, en Santiago de Mextitlán, Querétaro, Rosa Elena pasa desapercibida para todos;
algunos la ven con desprecio, otros ni voltean a verla…otros más le gritan que trabaje en vez de pedir limosna.

Sin embargo, dice la mujer que pide limosna porque ya no puede trabajar, y porque está muy
enferma de diabetes y de hipertensión, aunque ella dice que está enferma de ‘los nervios’.

Por las mañanas se instala en la acera derecha de la avenida Guerrero, cerca de la plaza Juárez, en donde traficantes de humanos hacen negocio con los indocumentados que buscan cruzar a Estados Unidos, pero a Manuela nunca le interesó ir al vecino país.

“Me quedé aquí porque ya estoy enferma, pero me gritan que trabaje, aunque antes trabajaba en
un puesto (ambulante), pero ya no puedo porque casi no veo”, se justifica.

Su esposo le apoyaba también en un puesto ambulante que tenían, pero falleció hace cuatro años, por lo que quedó sola.

Es desconfiada. Antes de contestar voltea a un lado y a otro, como si buscara a alguien o si alguien la vigilara.

De pronto se levanta y trata de evadir al reportero, pero accede a las preguntas, aunque con bajita voz, tal vez para que nadie más escuchara lo que dice.

“Sí…sí he sentido que la gente me humilla. Me ofenden y me gritan cosas, y hasta me sacan la vuelta cuando les pido unas monedas, pero aún me quedan pocas fuerzas para seguir haciendo esto”, expresa con voz tenue, como si quisiera que nadie la escuchara.

Su jornada inicia a las 8 de la mañana, cuando esa avenida está rebosante de personas que van ‘al otro lado’ de compras o a trabajar como indocumentados, aunque tengan una visa, y es a quienes pide una limosna.

Cuando le va bien, dice que puede obtener hasta 50 pesos, pero los días malos solo le dejan 20
pesos o menos, pero para ella es dinero que le sirve “para comprar chilito, nopalitos, verdolagas, frijolitos y unas tortillas para comer”.

Cuando llegó a la ciudad, hace algunos años, vendía muñecas artesanales de trapo, de las que el turista norteamericano busca mucho y quiere pagar a un dólar, pero la muerte de su esposo y su enfermedad la tienen en el casi total abandono.

“Hacía muñecas de trapo, pulseras y rosarios de hilo. Pero como casi no veo, pues ya no las hago”, señala.

Los 70 años los cumplió el 9 de junio, pero no hubo festejos, ni regalos, ni alegría…no pastel. Los festejó como siempre; sentada en una banqueta pidiendo limosna, desapercibida para todos.

“No festejé nada, y nadie me festejó, por lo que me siento triste”, señala mientras intenta cruzar la avenida Guerrero para comprar con el poco dinero que tiene, “un taco para comer”.

Cuando acude a la clínica por sentirse mal, dice que la humillan y la discriminan por su aspecto poco común en estas tierras, lo que le hace sentirse triste, y en ocasiones llora por el trato que le dan, aunque dice que los médicos la tratan bien

Rosa Elena aún conserva el tono de voz de quienes habitan en su comunidad, y aunque habla muy
poco el otomí, aún conserva sus tradiciones, y muestra de ellos es el tradicional rebozo gris y un faldón de color blanco, además de una bolsa multicolor, típica de aquellas regiones de la sierra queretana.

“Allá en mi tierra nomás puro otomí, pero ya se me olvidó poquito, pero conservo mi ropa, porque allá en el rancho, puro rebozo y otras faldas, y es muy bonito vestir así, aunque extraño mucho mi tierra, pero ya todo se vendió en mi rancho”, señala.