Parece que ahora sí, la lucha contra la principal causa de muertes e incapacidades de toda índole va en serio: el presidente Enrique Peña Nieto anunció un ambicioso programa para combatir estas enfermedades graves, muy graves.
Hemos de recordar, según nos han informado en estos días, que la prevalencia de diabetes en el país es del 9.2 por ciento, es decir, 1 de cada 10 mexicanos tenemos problemas de esta índole.
1 de cada 3 niños tiene sobrepeso u obesidad según la Secretaría de Salud, y 48 millones, 600 mil mexicanos la padecemos en general; 5 millones, 664 mil pequeños viven con este lastre de salud que lleva a enfermedades como nuestra conocida, dulce y mortal diabetes que acaba poco a poco con todo lo que encuentra a su paso si no es atendida adecuadamente.
En ese sentido, recordamos que Anders Dejgaard, presidente de la Fundación Mundial de la Diabetes –WDF- ha augurado un futuro negro para nuestro querido país, al afirmar que es una bomba para el sector salud, ya que impactará de forma muy significativa los servicios de salud y sus finanzas.
Dice el hombre que en diez años esto estallará irremediablemente y que hace falta un verdadero compromiso de parte del gobierno federal para atacar este problema.
No es suficiente con una campaña o un programa que no sabemos cuando y como funcionará: hace falta mucho más: el compromiso de la sociedad y las autoridades para enfrentar lo que sí es un real y auténtico problema.
Critica fuertemente Dejgaard que en la carrera de medicina, los graduados cuentan con solamente siete horas para capacitarse sobre diabetes cuando es la causa principal de muerte en nuestra patria.
Recordemos que unos 15 de cada cien mexicanos tienen su final de existencia a consecuencia de la “dulce” enfermedad, y que no es suficiente con el absurdo impuesto a los refrescos embotellados y los alimentos considerados como “chatarra” para frenar la pandemia que vivimos.
Califica el experto a la obesidad no como un problema de hábitos de vida sino como una enfermedad, grave enfermedad que tiene sus consecuencias en el incremento de estos males de los que se habla en forma tal que ya no nos causa horror.
La diabetes nos está matando, la obesidad nos lleva a la diabetes, y no es subiendo impuestos como frenaremos a los millones de muertos que hay en el país, sino con verdaderas acciones.
¿Qué se podría hacer?
¡Mucho!
Los grupos sociales tenemos una gran responsabilidad al respecto, somos la parte medular, y si hay inconsciencia de parte de quienes manejan las estrategias, si hay algo que no funcione bien, los afectados somos nosotros.
Por eso, es digno de elogio el accionar de la Secretaría de Salud de Tamaulipas, donde, además de los programas institucionales se han creado otros de corte local que han tenido un buen impacto.
Cierto, falta todavía mucho por hacer, y no estaríamos contentos sino hasta ver que las cifras de prevalencia disminuyeran, que los casos fueran menos, que los problemas se redujeran sustancialmente.
Coincidimos con Anders en que hay que trabajar en la prevención como herramienta fundamental, porque es ahí donde podemos hacer una huella importante.
Los niños tienen que aprender hábitos que los lleven, pese a la existencia de productos dañinos, a no consumir más de lo que debieran, porque, finalmente, la culpa es de los padres que no estamos pendientes, pero también de quien ha autorizado la venta de éstos.
No basta con un programa, y de ello estamos seguros: bastaría con que supiéramos que en cada familia haya una persona con la suficiente conciencia para detener esta lacra del nuevo milenio.
Urge, pues, ponernos a trabajar al respecto.