Las reuniones de padres de familia en las escuelas a veces dejan cosas buenas y en otras ocasiones nos hacen pensar que el silencio es la mejor opción. Se habla un poco de todo, y cuando se tratan aspectos referentes a la “reforma educativa” (así, entre comillas), tenemos nuestras dudas de que lo que se hace sea lo mejor.
Hay cosas que nos gustaría que las personas encargadas de hacer reformar hubieran vivido; nos remontamos a los tiempos en que íbamos a la secundaria y teníamos la clase de educación física. Cierto es que los profesores no eran lo expertos que se necesitaba, pero tenían un gran entusiasmo por su clase, y nos hacían formar equipos de muchas disciplinas: fútbol, basquetbol, volibol y más.
Hacíamos deporte, no en la medida en que se hace hoy, con el conocimiento técnico necesario, pero nos orillaban a desarrollar la disciplina que implica lo anterior.
Hoy, parece que lo que importa es la grilla, los papeles, y hemos dejado a un lado la necesidad de que nuestros hijos practiquen actividad física como prioridad: hoy, la “reforma educativa” habla de que se necesita educción física integral y los tienen encerrados –a los muchachos- en el salón de clases entregando mucha de la teoría correspondiente.
Bueno, ¿hasta hay libro de educación física!
Nos preguntamos si servirá el mencionado libro cuando volteamos y vemos obesos y gordos en todos los grupos, al por mayor, sin que nadie, ni padres ni profesores hagan algo al respecto. ¿Es esta la reforma educativa?
¿No se han dado cuenta que la obesidad nos está matando a la sociedad poco a poco?
Profesores que se pasan de vivos y no van a clases, y encima de todo, se dan el lujo de imponer calificaciones de 7, 8 o 9 a los muchachos que nunca estuvieron haciendo actividad física.
Les importa más el que lleven los tenis reglamentarios, el uniforme impecable, aunque éste no se utilice. Rompen con lo básico que tiene como filosofía la escuela oficial y gratuita. No estamos de acuerdo en ello, y menos en que los maestros se sientan perfectos y califiquen de acuerdo a sus hormonas o su criterio que, han demostrado, tiene de todo menos la lógica que requieren nuestros hijos.
Hay un decreto del Congreso de la Unión en el que se obliga a realizar actividad física diaria en las escuelas, sin embargo, en la realidad, tienen dos o tres veces a la semana esta clase, y la mayoría de las veces, el “profesor” no asiste porque es delegado sindical, porque “tiene ya muchos años y vicios que no se pueden corregir”, o como decimos los padres: porque es un perfecto holgazán, falto de compromiso con su trabajo y su actividad.
La pregunta obligada ¿Qué podemos hacer los padres al respecto?
La Secretaría de Salud ha insistido en que debemos activarnos físicamente, pero los profesores no entendieron cual es el fondo de una reforma. No conocen el significado de la palabra mencionada, y creen que reforma es hacer lo que les plazca y dejar que nuestros hijos no tengan opciones para aprender a hacer actividad física.
¿Dónde está su aprendizaje en las aulas normalistas?
Si se hiciera un foro de padres y profesores y nos escucharan, cambiarían muchas cosas.
En ese sentido, se torna urgente el hecho de que las autoridades sanitarias y educativas se pongan de acuerdo en qué es lo que se necesita y sobre todo, HACERLO, porque de otra forma, no servirá de nada.
Queremos una juventud más saludable, y para ello, se requiere actividad física, no tener a nuestros hijos encerrados en el salón de clases con cualquier pretexto para no asumir su responsabilidad.
Es tiempo que en conjunto, autoridades, padres y alumnos luchemos contra estos males del nuevo milenio. No hay tiempo que perder, por favor.
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