Llegar a la Noche Buena y disfrutar de una buena Navidad es algo especial, más, cuando se hace con los seres que uno ama, aunque no todos están siempre con nosotros, por la distancia, el tiempo y otros factores que nos llevan a esas circunstancias.
Es el tiempo de dejar en el árbol de navidad la carta a Santa Claus, sea cual sea la idea que tengamos de él, y de recoger al día siguiente el fruto de esa petición, merecida o no, pero que es parte de lo que tendremos para el venidero año de 2014 con toda seguridad.
¿qué buscamos los seres humanos en Navidad? ¿Regalos únicamente?
Siempre hemos pensado que lo más hermoso de la Navidad no son los regalos que engalanan el pino de navidad, sino otros magníficos obsequios, con carácter de exclusivo y divino, único y excepcional.
El regalo excepcional que podemos tener, en primera instancia, es la existencia misma: vivir, estar disfrutando aún hoy la vida es un regalo magnífico que muchos miles de personas no pueden hacer. La salud, que acompaña a la existencia, es probablemente la mejor virtud, porque cuando caminamos por las calles, por la vida, por nuestra familia con salud, no podemos tener algo mejor.
Los padecimientos, de cualquier tipo, no son lo mejor que pudiera tener un ser humano, menos, cuando golpea la tranquilidad y más. No hay nada mejor que una existencia tranquila y feliz, llena de amor y de buenos deseos.
Los recuerdos en torno al pino navideño, con la abuela y mamá, los hermanos y papá… los pequeños y magníficos regalos envueltos en amorosos trozos de papel con un hermoso moño vienen a nuestra mente, en esos tiempos en que nuestros pantalones lucían dos enormes parches a la altura de las rodillas, como reflejo de la falta de recursos para comprar otros nuevos o al menos, completos.
Sin embargo, cada parche tenía parte de nuestra historia: éramos felices y salíamos a las calles a jugar con los vecinos: el carro de baleros o los patines hacían estragos en el oído de las vecinas que, ruidosas nos gritaban que guardáramos silencio. ¡Qué ironía!.
Son los tiempos en que recordamos el tío Pancho o a la tía Trini, al tío Cuco o la tía Eloísa y esos magníficos buñuelos que solo ellos hacían con tanta magistralidad gastronómica: eran punto menos que divinos, o así nos sabían.
Tiempos en que el árbol navideño lucía los adornos que confeccionaba mamá desde meses antes, para que su casa luciera lo mejor de cada uno de nosotros.
Nos recuerda este día los tiempos en que nos levantábamos corriendo hacia el árbol para ver los juguetes que Santa Claus nos dejaba con muchos sacrificios. No había lujos y sí carencias, pero nunca faltó lo básico en casa: comida, ropa, escuela y amor… mucho amor.
Esa fue la mejor receta: mucho amor que nos regalamos durante esos años de formación y que nos han sido útiles hoy en día, porque sigue siendo la base de nuestros obsequios: el amor entre los miembros de la familia, que sigue siendo lo mejor que recibimos año con año.
Hoy, hemos multiplicado esos regalos y los hemos pasado a nuestros herederos, herederos del amor de la sangre y de una raíz que viene de años pasados, plena de sentimientos que nos han permitido ser lo que somos, con desilusiones y defectos, pero con virtudes y cosas que nos gusta compartir.
Esta Navidad tenemos muchas cosas que nos gusta compartir, pero la mejor es, sin duda alguna, la sonrisa para los que nos rodean.
Lo material va y viene: tarde o temprano se recupera o llega, pero el amor de los hijos, de los seres queridos, de la familia, es lo mejor que, con el recuerdo del natalicio de Jesús el Hijo de Dios podemos compartir con quien quiera hacerlo.
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