Quienes hemos tenido que enfrentar enfermedades con alto grado de dificultad en su tratamiento o hemos visto muy de cerca la muerte sabemos de la importancia de ellas: las enfermeras –y enfermeros- son la parte vital en la vida de una institución médica.
No es el comentario para tratar de minimizar a los otros miembros del equipo multidisciplinario, pero queremos, aunque tarde, hacer sentido el reconocimiento a esas personas de blanco que, en la mayoría de las ocasiones son la diferencia entre vivir y dejar de hacerlo.
Son quienes ejercen la enfermería los ángeles – quizá por eso visten de blanco- que nos regalan bienestar y salud y nos permiten recuperarnos a la brevedad posible.
En un hospital o clínica les vemos caminando por los pasillos presurosas con la idea de colaborar en la salud que hemos perdido y que queremos recuperar a base de un tratamiento determinado.
Llegan impecablemente vestidas de blanco y se convierten en las más importantes colaboradoras del médico tratante: son quienes administran los medicamentos, hacen las curaciones o toman la temperatura; de igual forma checan nuestra tensión arterial o niveles de glucosa en sangre, que quitan puntos de sutura o limpian una herida causada por diversas circunstancias.
Se les encuentra en los pasillos ataviadas de su albo uniforme, con una serie de artículos en el bolsillo que van desde la cinta adhesiva, pluma, tijeras, pañuelo y costurero, navajas u otras cosas que utilizan en el momento más necesario e importante, siendo que ellas son las que deben estar pendientes de que las indicaciones del médico se cumplan al pie de la letra, o de que las medicinas se administren en forma adecuada.
Somos de la idea de que se les hace menos en muchas partes, teniéndolas como auxiliares del doctor que, a veces –aclaramos, a veces- siente que sus conocimientos son supremos, absolutos y no son siquiera los de las enfermeras la mitad de los de ellos o ellas.
Las enfermeras se convierten en verdaderos ángeles cuando se trata de cumplir con un procedimiento quirúrgico; las hay con especialidad en cirugía, pediatría, oncología o geriatría, así como en la consulta general gritando el nombre de cada paciente para que pase al consultorio con quien le ayudará a tener un diagnóstico adecuado.
El día de reyes, el 6 de enero, se celebra en nuestro país a las enfermeras; este año el secretario de Salud en Tamaulipas Norberto Treviño García Manzo hizo el festejo en la ciudad de Reynosa, donde reconoció la labor de estas profesionales de la enfermería y pilares del sector médico en cualquiera de sus tres niveles. Las enfermeras tuvieron su festejo, reconocidas por la sociedad que valora a quien se entrega a cada uno de nosotros.
Son seres especiales que tienen vocación de servicio, aunque, hay que decirlo, de repente nos topamos con una que otra persona que no tiene siquiera la idea de lo que significa la diferencia entre sentirse fatal, a punto de morir y el bienestar que significa poder levantarse de la cama de un hospital y decir: me voy, con la salud recuperada y acompañado de la sonrisa de cada una de ellas.
Han tenido importante relevancia en nuestra existencia desde hace más de dos décadas: son la diferencia entre vivir y no hacerlo, entre caminar y no poder andar por las calles, o entre estar sentado, recriminándose lo que hicimos o nos pasó, y el saber que hay quien se preocupa por nosotros.
El reconocimiento a las enfermeras lo hacemos extensivo a la planta de profesores y directivos de la Facultad de enfermería Victoria, donde se prepara a este tipo de recursos humanos, para que, cuando nosotros necesitemos un verdadero ángel guardián de la salud, ellas, presurosas, con su cofia y vestimenta blanca, se presenten con una sonrisa y una frase que puede ser la diferencia entre vivir una enfermedad y padecerla.
Feliz día de las enfermeras y enfermeros a cada una de las personas que tienen tan noble profesión.
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