La migración es uno de los grandes problemas de nuestros días; de esta forma se observa un ir y venir de la población mexicana hacia el vecino país; la mayoría de los movimientos poblacionales en todas las regiones geográficas del mundo obedece a la búsqueda de mejores condiciones de vida, en lo cual subyace la operación de diversos factores estructurales como son las asimetrías económicas y sociales entre las naciones, la creciente interdependencia económica y las relaciones e intercambios entre los países.
“En las sociedades del primer mundo suele aplicarse el concepto de diferente o diverso únicamente al no perteneciente a éste; suele predicarse la diferencia exclusiva del inmigrante, del extranjero pobre o procedente de un país subdesarrollado, del indígena, etc.” (García Fernández, 2009).
En años recientes se ha planteado que los niños también migran al vecino país, no únicamente por motivos de acompañamiento y de reunificación familiar, sino también con objetivos laborales; cabe señalar que la participación de los menores en el flujo migratorio es un aspecto poco estudiado, en parte debido a la invisibilidad que los estudios les otorgaron por el predominio abrumador de la participación de adultos.
La migración de México a Estados Unidos ha tenido un fuerte incremento en las recientes décadas y existe un creciente interés por realizar investigaciones multidisciplinares y generar políticas públicas que respondan a ello; sin embargo, a pesar del interés por este problema, falta información y conocimiento acerca de las consecuencias psicológicas y sociales que tiene la migración en los menores y sus familias, tomando en cuenta las distintas fases del proceso migratorio.
“La formación de la identidad es un proceso agónico, es una mezcla confusa de dolor y placer que incluye el dar sentido en el nivel individual, pero también en el ámbito de las comunidades y los movimientos sociales; el proceso de construcción de conocimiento comparte las mismas normas con el aprendizaje de la identidad”. (Torres, 2001).
“En primer lugar, están los menores hijos de emigrantes que permanecen en México; estos niños están separados de sus padres, pueden quedarse al cuidado de algún miembro de la familia extensa; existen diferentes condiciones: a) cuando solamente migra el padre; b) cuando migran ambos padres, lo que conlleva distintas consecuencias en la vida de los menores; c) también se da el caso de los hogares monoparentales encabezados por mujeres que migran y dejan hijos menores al cuidado de los abuelos, tíos u otros familiares.
En segundo término, están los menores que migran a Estados Unidos; son menores en tránsito que pueden encontrarse en dos condiciones: a) viajan con sus familiares o b) migran solos, después de que sus progenitores cruzaron la frontera, para reunirse con ellos en el país receptor; la tercera condición es la de los hijos de emigrantes mexicanos en Estados Unidos; generalmente, pertenecen a familias mixtas, amenazadas por la expulsión y la división familiar. Los niños se encuentran en dos condiciones: a) viven junto con sus padres en el país receptor o b) permanecen en el lado norteamericano cuando alguno de sus padres ha sido deportado.
La cuarta condición es la de los menores que se encuentran en la frontera norte ya sea que hayan sido repatriados, con sus madres u otro familiar, o que viajaban solos, que se encuentran a la deriva en las ciudades fronterizas, o dispuestos a cruzar nuevamente”. (Mancillas Bazán, 2002). Las aspiraciones educativas y migratorias de los niños son afectadas por la migración internacional, como señala un estudio desarrollado recientemente por William Kandel (2000) en Zacatecas.
Las experiencias migratorias familiares o individuales favorecen que los niños planeen trabajar en los Estados Unidos; estos planes se asociaron negativamente con las aspiraciones para hacer una carrera universitaria; sin embargo, la migración familiar a Estados Unidos incrementa en los niños el deseo de estudiar en ese país y tiene, consecuentemente, efectos positivos en sus aspiraciones educativas.
“Es fundamental para los educadores que se desmantelen los discursos de poder y privilegios (hombre blanco, anglosajón y heterosexual con privilegios burgueses); muchos análisis académicos sostienen que para educar a los ciudadanos en una sociedad multicultural, debe contarse con una educación multicultural; es deber del Estado volver virtuosos a sus ciudadanos con instrucción, disciplina, iluminando su mente, purificando su corazón y enseñándoles sus derechos y obligaciones”. (Torres, 2001).
Varios factores inciden en el incremento de la migración de menores: el aumento de la migración femenina, un mayor índice de abandono de los hombres emigrantes que interrumpen la comunicación con sus familiares (esposas e hijos) y el incremento de remesas (Bustamante, en Valdez Gardea, 2007); para López (2005), la principal forma de migración de los menores sigue siendo familiar, ya sea que viajen con alguno de los padres, o bien que alguno de éstos, o ambos, ya se encuentre en Estados Unidos.
De acuerdo a datos de la UNICEF (2008), los niños que deciden cruzar la frontera sin compañía pueden sufrir graves violaciones a su integridad física y a sus derechos humanos; los niños emigrantes pueden sufrir accidentes (asfixia, deshidratación, heridas), ser enganchados a redes del crimen organizado, ser sometidos a explotación sexual o laboral, sufrir maltrato institucional en el momento de la repatriación o perder la vida en el momento del tránsito y cruce, entre muchas otras cosas.
Estos niños se encuentran en un estado permanente de violación de derechos, ya que, además de los riesgos que enfrentan, interrumpen sus estudios regulares, lo cual frena sus posibilidades de desarrollo y, por supuesto, no disfrutan de derechos básicos, como el derecho a la alimentación, a la salud y a vivir en familia, entre otros.
En el caso de las familias completas que se ven en la necesidad de emigrar, se ha podido apreciar una variación interesante en su dinámica familiar de la que podría esperarse si hubiese permanecido en México; Marjorie Faulstich y sus colaboradoras (2003), refieren cómo es que los hijos suelen adaptarse e integrarse más rápidamente a la cultura estadounidense, además de aprender el idioma con mayor rapidez; esto es brinda un mayor poder negociador ante el resto de la familia, pues gracias a ellos puede tener acceso a una mayor cantidad de servicios y de interacción con el entorno.
Una larga línea de más de tres mil kilómetros separa a México y Estados Unidos, desde el noroeste de Tijuana, hasta la desembocadura del Río Bravo en el Golfo de México; en ambos lados de la frontera se producen fenómenos sociales, políticos, económicos y culturales que corresponden a dos realidades nacionales y en parte, a lo que atañe propiamente a un mundo fronterizo; esta frontera separa y une a la vez (Nolasco y Acevedo, 1985).
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