Una vez que Jesús Valdez Zermeño tome las riendas del PRI en la ciudad, su primera tarea será la de unir su partido en torno a un objetivo común; que organismos y organizaciones afiliadas a ese partido tengan presente que de seguir cometiendo los mismos errores, como ocurrió en las dos elecciones pasadas, la federal y la municipal, la derrota seguirá siendo el signo para ese partido.
El fantasma de la derrota continúa latiendo en el corazón del PRI, pese a los discursos, las promesas y los compromisos que haya de por medio, ya que si la elección de Valdez para dirigir el PRI fue solo una mascarada y un maquillaje para ocultar a través de la Asamblea de Consejeros, una imposición que para muchos fue más que clara, el divisionismo seguirá marcando la huella en el PRI.
Chuy Valdez ya fue dirigente del PRI y es muchos ex, pero ahora que gobierna la ciudad otro partido, deberá tomar en cuenta que antes que pensar en la victoria en las próximas elecciones, tanto para diputado federal como para alcalde y diputados locales, deberá estar consciente que la lucha no deberá ser dentro de su partido, ni mucho menos contra el PAN que gobierna la ciudad.
Más bien deberá tomar en cuenta, si es que desea ser el dirigente que reconquiste el poder municipal para su partido, que la verdadera lucha no será en las urnas ni contra el PAN. La lucha deberá ser entre el electorado que se atrevió a desafiar su partido mediante el voto en contra y el de castigo.
Así es, el PRI perdió las elecciones del 7 de julio del año pasado, gracias a la arrogancia de sus dirigentes y de los gobernantes priistas que pensaban que como siempre, el PRI era una locomotora, pero descarrilló y hoy es chatarra.
En el PRI el asunto no es quien sea designado su dirigente ni cuanto apoyo tenga de los sectores que lo integran.
El problema es y seguirá siendo el reintentar convencer al electorado, ese que abandonó durante muchos años y que lo dejó a la deriva y a merced de un partido débil, el que supo aprovechar las debilidades del PRI para convencer al electorado de un cambio imaginario que hasta el momento sigue siendo un lejano espejismo.
Para que un partido gane unas elecciones, debe contar con los tres capitales básicos de toda victoria: capital político, el que se traduce en el apoyo incondicional de toda su militancia, organismos, organizaciones, sectores, líderes populares, colonos, comités de barrio, además del apoyo de importantes líderes empresariales y comerciales, lo que la da la fortaleza y la confianza necesarias para el triunfo.
El capital económico es vital, ya que sin dinero, un partido político será siempre un pobre partido, por lo que es necesario que se invierta en campañas y programas de beneficio social, que realmente eleven las expectativas de vida de la población, para que esté convencida de que al momento del triunfo, esas expectativas se convertirán en realidad a través de inversiones en proyectos sociales que generen empleos y seguridad.
El tercer elemento es el capital humano, integrado básicamente por hombres y mujeres capaces de llevar a cabo empresas que fortalezcan a su partido, los que deberán ser electos por la vía del consenso y de la democracia, y no por la imposición, para no generar desconfianza ni frustración que finquen más división.
En el PRI hace falta alguien que cuente con esos tres capitales, los que deberán estar entrelazados por una base política e ideológica coherente, elementos que muy pocos pueden visualizar, aunque si en ese partido lo logran, las probabilidades de triunfo serán altas, pero siempre y cuando venzan esa arrogancia tan elemental que les ha impedido valorar el capital social tan necesario para un partido.
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Pero si el PRI adolece de lo antes dicho, el PAN como partido dominante y hegemónico en la ciudad, basa su poder en la imposición sobre quienes no estén de acuerdo en su forma de gobernar, y crean en sus opositores una contra-hegemonía que genera a través de diversos frentes, tanto virtuales como reales, una guerra en pos del posicionamiento político que necesariamente involucra a la sociedad civil.
En esta batalla, el PAN, y más el alcalde Carlos Cantúrosas, deberá hacer a un lado su soberbia y ser consciente que para ser el líder político que requiere la ciudad, que en estos momentos no existe por la ausencia de un liderazgo que tampoco hay, deberá crear una directriz política que sea capaz de organizar a la sociedad con base en la libertad de expresión y de acción, y no como actualmente lo hace, al dominar a la sociedad sin gobernar a los ciudadanos, lo que genera ya un evidente vacío de poder político, como actualmente existe en la ciudad.
No se puede gobernar con mentiras, ni con maquillajes, mucho menos con utopías surgidas en el seno de una campaña política que resultó ser volátil y pasajera.
El verdadero gobernante, el que realmente es líder, debe ser tolerante a la crítica y concretar la hegemonía que ejerce sobre la sociedad civil, en la construcción de una fuerza moral, política e ideológica que sea consensuada por la misma sociedad civil, y no tanto por los grupos que lo llevaron al poder.
En ese contexto, Carlos Cantúrosas, el gobernante, no el político, ha desatendido su tarea, que es la de construir una alianza entre los diferentes grupos políticos, actores sociales y organizaciones civiles, en torno a un solo objetivo; el bienestar de toda la sociedad y no solo de un sector privilegiado, como actualmente ocurre.
Por ello es de entender el actuar del nobel alcalde, quien pretende a través de la dominación hegemónica, y no por medio del consenso, hacer a un lado a sus antagónicos mediante la fuerza y la cohersión, y por el contrario, a sus aliados y asociados los dirige mediante el convencimiento y la premiación económica.
El alcalde no comprende aún que la sociedad civil no es ya un campo de batalla sobre la que se debe ejercer el dominio y la hegemonía; la sociedad civil es la Dimensión del Estado, la que le da forma al poder político, y es la sociedad la que debe ejercer sobre el gobernante el poder y la hegemonía.
Carlos Cantúrosas no entiende bien que tener el poder político no se limita solo a dominar sin gobernar, como lo está haciendo, sino que el poder contiene una dimensión ideológica-moral que de comprenderla, sabría que el poder cuando es político y no impositivo, tiende a desarrollar y mejorar las relaciones entre las diferentes estructuras que integran.
Pero no…no lo sabe ni lo entiende, para infortunio de la sociedad que pretende dominar y que está ávida de un verdadero líder que aún no llega y que no está en el actual alcalde.
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Hasta mañana