Entre el miedo y los Maras, sale de El Salvador en busca de su futuro

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Nuevo Laredo, Tamaulipas .- Acosada por la inseguridad y la violencia que se vive en El Salvador, Kimberli, de apenas 17 años de edad, decidió dejar la universidad, su casa y su familia, para buscar en Estados Unidos lo que nunca podrá tener en su país: Tranquilidad y un buen empleo.

Por eso decidió salir de su comunidad ubicada en el departamento de Sonsonate, en donde se concentran las tradiciones más ancestrales de ese país y la abundancia de agua por la gran cantidad de ríos que nacen en la región, pero también una enorme violencia generada por las pandillas y por el peligroso grupo de la Mara Salvatrucha.

El 24 de enero de este año emprendió el viaje. “Cada mañana que salía a la universidad corría mucho riesgo, me asaltaban en el bus, en la calle…dentro de la universidad. Hay ladrones, maras, sicarios de todo, y no sé qué hace el gobierno, aunque ya existe una tregua con las pandillas para evitar los asesinatos, pero ya se está rompiendo y es cuando abundan las masacres en las que ocurren 16 o más homicidios”, relata Kimberli con cierto temor al recordar lo que ha vivido en ese país.

Dice que familias enteras han sido asesinadas por los mareros, quienes se disfrazan de policías para asaltar dentro de sus hogares, “y por eso salí de mi casa y de mi país, porque tengo mucho miedo”, señala.

Un ‘tranquilo’ viaje

Kimberli es menudita y de tez blanca, a diferencia de la mayoría de los habitantes de su comunidad; sus ojos rasgados le dan la apariencia de una turista oriental, ya que viste bien y tiene un hablar fluido e inteligente, tal vez porque ya estuvo en la universidad.

De San Salvador abordó un autobús hasta Guatemala; de allí enfiló en otro hasta Chiquimula y luego a Santa Elena a la media noche, y dos horas después abordó otro camión que la llevaría a la frontera con México.

Salió con un grupo de tres compatriotas suyos, los que la dejaron sola al ingresar a México por la frontera con Guatemala sin ningún problema con los agentes mexicanos que deben resguardar la frontera, y luego de dos días de camino se unió a unos hondureños.

Para evitar ser asaltados, en Tapachula tomó un taxi con los hondureños, pero el chofer los abandonó en medio de la selva, lejos de Palenque, el siguiente sitio.

“Caminamos varios kilómetros y luego de varias horas tomamos otro taxi que nos acercó a Palenque, pero de nuevo nos engañaron, por lo que para evitar la migración me metí a un potrero en donde había unos quince hombres y yo sola”, explica.

Tras otra larga caminata y de encontrar en el camino algunas casas en las que había decenas de centroamericanos, por fin llegó a Palenque a la media noche del día siguiente, pero no dormía por el temor a que le hicieran algo.

“Hacía un frío horrible que me congelaba, ya que nos quedamos a dormir en el parque de Palenque”, menciona

Nunca utilizó el ferrocarril ‘La Bestia’, solo vio cómo decenas de migrantes lo abordaron en Palenque, entre ellos adultos, jóvenes, mujeres y niños, “y todos iban como sonriendo arriba del tren, y cuando platicamos con algunos, sus historias eran las mismas, de robo, de maltrato y de mucho sufrimiento”, explica.

De Palenque a Tenosique, en Tabasco, fueron dos días de viaje caminando y en camión, hasta llegar a ‘un lugar’ de Veracruz, en donde un sujeto muy tatuado tomaba fotografías a todos, pero no fue molestada a pesar de la presencia de los ‘mareros’, de acuerdo al testimonio de la joven.

Al llegar a ‘Lechería’, en el Estado de México abordaron un autobús con rumbo a Monterrey en donde se alojaron en un hotel, debido al intenso frío, pero antes pasaron por Querétaro y San Luis Potosí sin contratiempos.

Todo transcurrió bien para Kimberli y sus acompañantes, solo que al llegar al kilómetro 26, en donde se ubica la garita de revisión del Instituto Nacional de Migración, fue detenida por unos agentes que les obligaron a quitarse las cintas de sus zapatos, y luego los metieron en un pequeño y pestilente cuarto, en donde había otros extranjeros, entre ellos una familia.

“No había baño y hacía mucho frío, y los hombres orinaban frente a las mujeres en vasos de plástico porque no dejaban ir al baño, por lo que estuvimos allí varias horas, hasta que nos llevaron a unas oficinas, en donde me separaron e los demás y me enviaron hasta aquí (al sistema DIF)”, menciona.

Consciente de que sería deportada a su país, el temor la invade de nueva cuenta, y aunque piensa en la posibilidad de solicitar asilo en México, el hecho de estar sola le incita a retornar a El Salvador y reunirse con su familia, a pesar de los riesgos, de los Maras y de la extrema violencia que sacude a su país.

El 10% son de El Salvador; DIF

La historia de Kimberli, a diferencia de otras jóvenes de su país que emigran de la misma manera, no es tan dramática, aunque el riesgo siempre estuvo latente durante su viaje hasta esta ciudad.

Mario Edmundo Guerra Macías, responsable del Centro de Atención para Menores repatriados (Camef), del Sistema DIF, señala que en este año suman 74 menores atendidos, entre extranjeros y mexicanos.

La mayoría llegan con alguna depresión debido a la espera y a los riesgos a los que se exponen antes de intentar cruzar el río Bravo. Otros son atendidos médicamente debido a un evidente estado de desnutrición, por cansancio extremo o lesiones.

“Algunos de ellos sufrieron abuso psicológico por algunas autoridades o desconocidos, por lo que los atendemos y protegemos”, menciona.

De esos 74 menores, el 10% aproximado ya vivía en Estados Unidos pero fueron detenidos en algún lugar de Texas, un 80% fue repatriado en Laredo, momentos después de haber cruzado el río, mientras que otro 10% fue detenido antes de cruzar la frontera.

Entre esos menores 40 son extranjeros, la mayoría de Honduras (60%), Guatemala (30%), y El Salvador (10%), los que fueron canalizados por el Instituto Nacional de Migración al DIF, mientras se contacta a sus familiares y se les prepara para la deportación a sus países de origen.

De los menores mexicanos la mayoría son de Guanajuato, Oaxaca, Michoacán, Puebla, DF y Veracruz, y el destino de ellos, una vez que ya cruzaron la frontera, fueron deportados de Nueva York, Houston, Dallas y San Antonio, por ser los más comunes, en donde se encuentran algunos de sus familiares, o intentan buscar su sueño.

El año pasado el Sistema DIF atendió a mil 671 menores en dicho refugio, la cantidad más alta desde el año 2008, cuando fueron atendidos mil 733. Durante el 2009 se atendieron mil 408 niños, en el 2010 fueron mil 42, y en el 2011 la cantidad subió a mil 177, para dispararse un año después con mil 566 menores atendidos.

Por lo general son los primeros tres meses de cada año cuando aumentan las deportaciones en Estados Unidos y en Nuevo Laredo, aunque de julio a octubre se nota también un incremento en las cifras, tal vez por ser el período de vacaciones.

Durante enero de este año, 56 menores fueron repatriados, 9 fueron de esta ciudad, uno de algún municipio de Tamaulipas y 4 de otros estados, para sumar 70; de ellos 63 fueron hombres y 7 mujeres.