En mis 35 años de posar los dedos sobre un teclado para describir todo aquello que mis ojos captan, nunca conocí a un personaje más polémico y singular.
En mi archivo de entrevistados figura de todo, como lo son políticos, artistas, dirigentes de diferentes colores y personas sencillas del pueblo que merecen que se les de voz y que con su aportación han contribuido a que mi formación como periodista sea más completa.
Y es muy difícil que algunos de esos personajes pasen de la advertencia a los hechos, pero él es diferente, tal vez por eso en mi listado se ubica como el número uno, porque en su momento sacudió a la iglesia católica y a los feligreses a nivel nacional y en lo personal me regalo un crédito importante de una empresa radiofónica que logro un alto “rating”.
Corrían los años 90 cuando suministré a Radio Red de México con una nota de apenas 40 segundos que tenía relación con el “Padre Gato”, quien le había quemado la ropa a una mujer, la cual recurrió a la prensa para narrar tal barbaridad.
Mi entrada en vivo en esa radiodifusora fue a las 14.15 horas con Martín Espinosa, quién al aire me hizo algunas preguntas sobre los antecedentes de él, “El Padre Gato”, conocido así por sus ojos verdes y por su mirada de felino.
Lo describí tal como es, muy directo, desinhibido, pecador y peculiar, lo que al conductor de ese noticiero le provocó ubicarlo como una especie de redentor que rompe con las reglas del juego por desnudar totalmente a la iglesia católica.
Al concluir el enlace se comunicó conmigo Jovana Plata, la productora de los noticieros de Radio Red, una dinámica mujer que me ordenó que contactara de nuevo al “Padre Gato”, porque iba a abrir el programa estelar de Don José Gutiérrez Vivo un día después con una entrevista larga, sin pequeñeces, sin recatos.
Y así lo hice, lo ubiqué vía telefónica y quedamos que la llamada la recibiría de México a las 6 de la mañana, porque su entrada al aire estaba programada diez minutos después.
El reloj marcaba las 6.15 horas cuando recibí una llamada de la productora quién me reclamó que el sacerdote no contestaba el auricular, por lo que decidí ir a buscarlo a su casa, allá por la parte alta de la Colonia Libertad.
Llegué al lugar y las rejas de la cochera estaban cerradas con candado, mientras que la puerta de la vivienda lucía abierta y se escuchaba música grupera.
Desesperado, por no poder cumplir con la misión, trepé por la barda, me colgué por el techo y esquivé a patadas los mordiscos de un perro que cuidaba a su amo del invasor, hasta que por fin logre penetrar.
Y allí, en un sofá, estaba él, desnudo del torso, dormido y con varias botellas de vino de consagrar acomodadas en el suelo.
Lo sacudí y reaccionó: “Padre, soy yo y le están llamando de México para la entrevista”, le dije. Se incorporó, se lavó la cara, se preparó para la entrevista y me preguntó: ¿Cómo se llama el conductor del programa?. “Don José Gutiérrez Vivo”, le contesté.
Lo puse al teléfono y lo primero que el padre hizo fue saludar: “A tus órdenes, Pepito”. Mi piel se erizó y mi nerviosismo fue evidente, porque el señor Gutiérrez no tenía fama de bromista y si de ser una persona seria, respetuosa y muy parco, por lo que pensé que mi labor en esa empresa estaba a minutos de concluir luego de tres años.
Fueron los 20 minutos más largos de mi vida y la entrevista transcurrió en medio de palabritas y palabrotas que tenían relación con el tema de la homosexualidad, el celibato y los renglones torcidos de la iglesia, entre otras cosas.
Recuerdo, bien, una de las preguntas que el representante clerical contestó: ¿Se desprende de este incidente que a usted le gustan las mujeres y que tiene pareja?. “Bueno Pepito, para ti que es más pecado, que me agraden las mujeres o que me incline por los hombres como suele suceder en estos menesteres?.
De regreso a casa recibí, horas después, otra llamada de la productora y lo primero que se me vino a la mente fue que me pediría la renuncia como corresponsal de esa empresa en Tamaulipas.
Pero no, nada que ver, me hablo para felicitarme y para informarme que la entrevista rompió record de “rating” a nivel nacional porque las líneas se saturaron con cientos de llamadas de los sacerdotes y feligreses mojigatos de Oaxaca, Michoacán, Puebla y de otros lugares del país que exigían la cabeza de el “Padre Gato” por ordinario, rapaz y por claridoso.
Unas semanas después lo vi en la Plaza principal de Ciudad Victoria y con una amplia sonrisa solo me dijo: “Cuando nos echamos otra, mijo”.
Hoy el padre Rubén Robles convalece aquí y los pronósticos no son muy alentadores.
Por eso me sumo a todos aquellos que piden por él.
A través de sus oraciones.
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