Tuve oportunidad de conocerle hace ya muchos ayeres: Medardo Treviño se desempeñaba en lo suyo: el arte, el teatro, la literatura y un poco de todo, aunque también daba tiempo a sus protestas de corte un poco político y un poco rebelde, en las que muchas veces no estuve de acuerdo.
Le conocí cuando conformaba un grupo de personas para hacer teatro, y luego, cuando contrajo matrimonio con Benita Cruz Zapata, colega periodista y una excelente amiga.
A Medardo lo he conocido en varios roles: amigo, compañero y artista, entre los más importantes.
Amigo, porque hemos convivido, probablemente poco, durante más de tres décadas de existencia, es decir, más de la mitad de nuestras vidas, pero finalmente, hemos llevado una cordial relación, plena de honestidad y claridad
Como compañero, tuve oportunidad de trabajar en el mismo proyecto cultural que encabezó Guillermo Lavín Santos del Prado por encargo del entonces gobernador Manuel Cavazos Lerma.
Paréntesis del tema: Guillermo me regaló la maravillosa oportunidad de conocer muy de cerca de gente como Beatriz Bonfil, Federico Schaffler, Héctor Romero Lecanda, Arturo Alva, Narcedalia Núñez, Demetrio Ávila y el propio Medardo, entre muchos otros: valiosos elementos del ámbito cultural que brindaron no su talento únicamente, sino su especial amistad y camaradería que nos llevaron a formar un muy buen grupo de trabajo.
Retomando la reflexión original: puedo decir que disfruté a través de mi cámara fotográfica, de aquellas “análogas”, que es el apellido que han impuesto a las que hacían fotos con película y emulsión de plata sensible a la luz, las primeras obras de Medardo: recuerdo “La Yerbabuena” y otras más, donde Larissa, Demetrio y otros grandes exponentes del teatro nos hicieron vibrar y, al final, aplaudir rabiosamente para agradecer la entrega.
Recuerdo una a una las placas que disparé en cada una de estas obras: blanco y negro, película forzada, cuando había que pensar en las velocidades y diafragmas a emplear, sin dejar de percibir la figura humana o la expresión de los grandes actores que nos daban una a una, las expresiones de llanto, dolor o coraje: de risa o tormento, pero todas, enmarcadas en una magistral dirección de mi amigo Medardo.
Hoy, el tiempo ha sido justo al menos con Medardo, y lo ha ubicado en el contexto que merece: en el contexto nacional donde ha recibido estímulos y reconocimientos, en el estatal, donde al parecer lo vuelven a tomar en serio luego de haber dejado la política cultural, y en el municipal, al menos en su tierra, donde le han rendido justo homenaje.
Es Medardo de esos tamaulipecos que vale la pena conocer y disfrutar su trabajo: el teatro es lo mejor que hemos visto de él y lo hemos disfrutado, escena a escena, obra a obra. Nos ha dolido no haber visto algunas que estuvieron de gira y llegaron como estrellas fugaces a Victoria, para no volver a aparecer.
El trabajo se ha consolidado a través de los años, y Medardo hoy está propuesto para un reconocimiento importante que proviene del Congreso del Estado, a propuesta ciudadana.
Nos enorgullece que se abra este reconocimiento a tamaulipecos artistas vivos, porque es normal hacerlos cuando uno muere. Hoy, nuestro amigo está vivo y sigue produciendo, sigue trabajando, pero lo más importante, sigue siendo disfrutado por miles de personas que acudimos a ver sus obras.
Es el mejor tributo para Medardo, sin duda alguna, porque finalmente, los trofeos y placas se pueden mandar a hacer, se compran, pero la gratitud de esos miles de seres que unimos nuestras manos para agradecer con las palmas el esfuerzo del maestro Medardo Treviño, no tiene precio ni forma de adquirir si no es con el esfuerzo propio, y el de Medardo tiene firma de hace muchos pero muchos años.+
Esperamos que se reconozca su labor y se le otorgue el reconocimiento “García Arellano”, que estará a buen recaudo con el riobravense en cuestión.
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