Reprobados en paternidad

Somos tan especiales los seres humanos que difícilmente aceptamos que nos equivocamos en aspectos tan básicos e importantes. Decimos básicos, no por considerar que son menos, sino por el contrario: porque debiera ser elemental atender lo más importante en la existencia del ser humano que ha formado –o no- una familia y tiene herederos, los que hay que guiar y educar para que se conviertan en gente de provecho, hombres de bien o triunfadores: como le quiera llamar.
El caso es que pretendemos hacer bien las cosas y dejamos lo más importante por lo que aparentemente es básico, pero perjudica enormemente el desarrollo de los hijos: el maldito dinero.
Por éste –el dinero- hacemos mil y una cosas; en tiempos como los actuales, cuando las autoridades del país buscan a diario la forma en que podamos pagar más tributo –impuestos le dicen hoy- tenemos que buscar en uno y otro lado la manera de trabajar y obtener el recurso para comprar el Smartphone o la Lap Top de los hijos o hijas, para que estén al día y no les falte nada, porque el hecho de que les falte les puede hacer víctimas de bullyng por parte de sus compañeros de escuela principalmente.
Pensamos en que tengan los hijos “lo que no pudimos tener” y hacemos enormes sacrificios para lograrlo. Finalmente, los llenamos de una tecnología que ni siquiera soñamos, muchas veces sin que lo merezcan.
No es le hecho de que tengan únicamente calificaciones de excelencia, sino el hecho de que puedan ser hombres o mujeres buenos o buenas, pues.
¿A qué nos referimos? Al hecho de consentirlos de más, de darles todo lo que pensamos que es básico… pero ser laxos en disciplina, formalidad, educación, y sobre todo, en eso que nuestros padres llamaban RESPETO y que se ha perdido.
Hoy es muy fácil escuchar de los hijos: “estás bien mal, papá”, o un “no manches”, y frases que, seguramente, y sin pensar como viejitos, si las hubiéramos pronunciado hace 50 o 70 años nos hubieran costado una bofetada como mínimo, a reserva de mejorarlo con unos cuantos cinturonazos.
Dicen que es malo educar a los hijos de esa forma, y somos de la idea de que ha métodos más generosos, sin embargo, no recordamos que nuestros correligionarios fueran groseros con papá y mamá, o que quisieran mentir para encontrar algo que les funcionara y satisficiera lo suficiente.
Hoy tenemos casos de lo que se llama “Bullyng” en las escuelas, y que dicen, es nuevo sin embargo, hace décadas lo vivimos y se llamaba hostigamiento, se llamaba “ganas de joder de unos hacia otros”: era lo mismo, solo que es más rimbombante llamarle “Bullyng” según algunos que transitan en la vida como expertos en estos temas.
Con un cinturón, muchos de nuestros padres nos enseñaron a respetar; con un par de bofetadas a tiempo supimos lo que era manejar lenguaje adecuado en casa, y supimos lo que era convivir a la hora de la comida sin necesidad de estar cada quien en su mundo, navegando o chateando, con un práctico, diligente, excelente y adictivo Whats App que nos ha robado la atención de los hijos.
Hoy están pendientes del estado de tal o cual persona, olvidando si amanecimos bien.
No ponemos límites para navegar y no sabemos –miente quien diga que sabe todo esto- con quienes se manejan en Facebook, es decir, quienes son sus contactos. Podrían ser pederastas o violadores, delincuentes consumados y no supìmos porque publicaron fotos falsas y nombre falso… y ellos cayeron.
Pero, ¿Qué tenemos qué hacer? Suponemos, aunque por nuestro carácter de reprobados como padres no podemos opinar mucho que hay que ponerles atención, quererlos y saber quienes son ellos mismos, sus amigos y su mundo, que si bien es cierto que es de ellos, aún nos pertenece, porque los estamos formando, o al menos tratando de hacerlo.
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