Una mañana de los años 80 me levanté temprano, seleccioné el pantalón, la camisa y la chamarra menos desgastados de mi modesto guardarropa y me dispuse a partir hacia el Estado de México.
Como mi suegra Doña Enriqueta me aconsejaba, antes puse de cabeza a todos los santos y muy optimista, pero nervioso, acudí a la cita programada con aquel personaje bonachón al que solo había visto por televisión.
Por las ventanas de un transporte colectivo observé el abundante humo que vomitaban las docenas de enormes fábricas de ese lugar que colinda con el Distrito Federal, así como a los árboles secos que se cubrían la nariz con sus hojas en un vano intento por sacudirse la contaminación.
El conecte con ese señorón lo había logrado mi padre a través de Antonio Pedraza en ciudad Victoria, un hombre alto, muy fuerte y sincero que fue mi rival en las canchas de tenis del 18 Hidalgo y Juárez y a quien le arrebaté lo invicto en un torneo local el mismo día que partí al D.F. a estudiar la universidad.
Toño, esposo de la poetisa Lupemaría de la Garza, es el compadre de ese personaje que hoy ocupa mi tiempo y, ella, por cierto, es familiar de “La Beba”, señora del bien recordado Doctor Rodolfo Torre Cantú.
El microbus se internó por unas calles que parecían venas del imponente Estado de México y luego de 30 minutos de buscar localicé el domicilio indicado donde se ubicaban una oficinas poco llamativas de un barrio modesto en el que los niños jugaban con su bicicleta y las señoras pueblerinas caminaban en par y despreocupadas deduzco que hacia el mercado, porque sus bolsas tejidas con fibras de ixtle colgaban de su mano.
Ingresé, me anuncié y minutos después un hombre de estatura baja, de escasa cabellera y de visible sonrisa me recibió respetuoso.
Aquella era una oficina de buen tamaño con paredes cubiertas de madera donde colgaban cientos de pequeñas máscaras de esas que usan los luchadores y varios trofeos muy vistosos bien colocados en enormes vitrinas, como para que solo se aprecie su valor y su belleza con la mirada.
Y allí, frente a mi, estaba Don José Sulaimán Chagnón, ex presidente del Consejo Mundial de Boxeo, cruzado de brazos y dispuesto a escuchar. Primero, me pregunto por su querida Ciudad Victoria, por algunos de sus conocidos personajes, por el chile piquín y por sus ordenadas calles.
También por su compadre Toño, por el barrio de el 18, por los vecinos y por el bello amanecer y atardecer que son propios de todo lugar que huele a provincia.
Paso siguiente me pidió que entrara en materia. “Busco trabajo señor, porque realizo mi servicio social en la cadena televisiva IMEVISION”, le dije tímidamente. Don José se rasco la cabeza, se acomodó en el sillón y como buen norteño fue muy directo cuando me aclaró que para él sería más sencillo abrirme las puertas de la televisora comercial, dónde me podría colocar con la mano en la cremallera.
Tal vez él pensó que saltaría de gusto como lo haría cualquier estudiante universitario que sueña con codearse con las estrellas, pero no fue así porque me puse serio. ¿No te agrada la propuesta, verdad?, me pregunto. “No, Don José, porque estoy enamorado de IMEVISION”, le contesté. ¿Y porqué?, repuso. “Porque quiero aprender, crecer, pulirme como periodista y eso solo se logra al codearse con figuras como Luis G. Basurto, Heracleo Zepeda, Luis Spota, Elda Peralta, Sally de Perete y Jorge Saldaña, entre otros que enriquecen los foros de la hoy extinta televisora del Ajusco.
“Te ofrezco la otra cadena”, insistió. “No, Don José”. Le contesté y él soltó una sonora carcajada en el momento que señaló: “Elijes bien, muchacho, porque allá si no eres joto vas a salir joto”.
No hubo arreglo y a pesar de ello logre mantenerme en IMEVISION durante dos años en el área de noticias, una rica experiencia que nunca olvido.
Y evoco a este personaje que ya se fue porque este jueves se le rendirá un homenaje en Ciudad Victoria, si, a él, a “El Padre del Box”, un reconocimiento que hacen las autoridades y deportistas de Tamaulipas por su importante labor.
Y allí sus familiares y figuras del boxeo internacionales se reencontrarán con Enrique de la Garza Ferrer y con autoridades de Tamaulipas, quienes les abren los brazos para recordar al hijo prodigo de Ciudad Victoria.
Rescato estas anécdotas y va por Usted, Don José.
Porque aquí siempre será bien recordado.
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