Los más “importantes” de la lista

Una serie de fallas en el orden burocrático están dando al traste con la imagen de ciertas instituciones públicas: ahora resulta que los importantes son los de la parte baja de la fila, es decir, los “colaboradores” de segundo o tercer nivel, quienes tienen una actitud terriblemente negativa hacia los ciudadanos, a los que les deben su trabajo y por los que cobran para atenderlos.

Hable usted, por ejemplo, a una institución pública y de entrada le contestan: “¡Bueno!” de mala gana, sin identificar siquiera a donde está uno llamando.

Hace años marcaba usted y le decían: “Procuraduría General del estado a sus órdenes”, “Instituto Tamaulipeco de Cultura”, o “Junta de coordinación”, por lo menos, y por poner un ejemplo.

Claro, no siempre lo hacían de una manera amable –hay que reconocer que no han cambiado mucho- pero usted sabía a donde llamaba, y ya tomaba uno la conversación de acuerdo a sus necesidades y como se dejaban tratar, que es difícil cuando se trata de un secretario particular o un asesor o jefe de asesores.

Ellos difícilmente contestan el teléfono, porque siempre se encuentran en una reunión, en una llamada o en acuerdo, curiosamente, claro, pero no están disponibles para atender asuntos que uno desea tratar con su jefe y no con ellos.

Los ayudantes le dicen que no puede atender su llamada, pero que le van a pasar el recado para que nos “conceda” una audiencia, como si realmente fuera cosa del otro mundo servir a los demás siendo servidor público.

Somos de la idea de que ningún servidor público de ningún nivel debiera “conceder” audiencias o recibir llamadas en ese tenor: es su labor, su función, para eso les pagan, y conceder, siempre hemos pensado que solo Dios.

Piden datos que almacenan en quién sabe donde, y nunca pasan la tarjeta a su jefe, porque ellos son el “filtro”, ellos deciden si usted es o no importante, toman atribuciones que no les corresponden, en pocas palabras.

Pasa un día… una semana…. dos semanas y no hay respuesta de ninguna clase. Y cuando vuelve usted a llamar le dicen que el jefe está ocupado en asuntos de importancia, por eso no ha atendido su solicitud. Como si no fuera importante lo que tenemos cada uno de los ciudadanos. Ellos deciden si es usted o no importante.

Indigna este tipo de trato, más cuando vivimos en una administración que nos ha abierto sus puertas y nos ha reiterado en innumerables ocasiones que nos acerquemos.

Turnan los asuntos a oficinas que nada tienen que ver con nuestros éstos, y ahí nos topamos con una secretaria que niega por sistema a su jefe, y además, su jefe nunca atiende sus deberes.

¿Qué hacer en estos casos? ¿manifestaciones? ¿plantones? ¿actuar como lo hacían algunos colegas de antaño que llegaban gritando y exigiendo, porque era la única forma de ser escuchados?

¿Quién les dará un curso de relaciones humanas y los ubicará en su postura de servidores públicos?

Quincenalmente cobran puntual su salario, producto de dinero que se genera de nuestros impuestos, es decir: la ciudadanía les paga, y a la ciudadanía deben atender, o eso pensamos.

Tenemos figuras públicas con educación, decentes, atentos, sensibles, pero sus secretarios particulares y colaboradores echan a perder la imagen que pudieran construir en aras de seguir creciendo en la política.

Los diputados quieren superarse, crecer, ser alcaldes o inclusive gobernadores, pero con ese tipo de colaboradores, la verdad es que lo único que hacen es alejar la simpatía que pudiera haber hacia su persona. Aplica a otros hombres de la política, en todos los niveles.

Entendemos que los colaboradores están para eficientar el trabajo de los que mandan, no para complicarles la existencia o para dañar su imagen.

Urge, realmente, urge, un buen curso de relaciones humanas, y al que no lo supere: que se vaya a la calle, que al fin y al cabo hay miles de tamaulipecos en busca de empleo que seguramente podrían hacerlo mejor.