Abdicar en su momento

Coincidió con la decisión del Rey Juan Carlos I de España: la selección de fútbol también abdicó a la corona ganada hace cuatro años en Sudáfrica. Dejaron una época gloriosa para aquel país y para el fútbol, pero hay que entender que los tiempos cambian y todo debe renovarse.
A los españoles que conforman la selección les sucedió lo que a muchos políticos de México: no supieron asimilar su posición y cayeron. Pensaron que la gloria y el poder era por cuatro años y más, sin embargo, se cumplió el tiempo y vienen nuevos líderes, nuevas figuras. Hoy, la “roja” padece lo que le ha sucedido a nuestros políticos.
Aquí sabemos perfectamente lo que les acontece: llegan a un cargo de elección popular e inmediatamente se rodean de un grupo de colaboradores que les empañan la visión ciudadana y no alcanzan en muchas ocasiones, a visualizar las necesidades sociales: piensan que todo es como se los platican, donde no tienen errores y merecen el humillado saludo de todos sus conciudadanos. Se olvidaron que son tan ciudadanos como nosotros, los que no nos dedicamos a la política y vivimos a diario las carencias de un sistema adecuado, con sus pros y contras, con sus vicisitudes y penas.
A los campeones de cada mundial les guarda una gloria de 4 años; a nuestros políticos de 3 o 6, según sea el caso. Luego de ese tiempo, vuelven a ser los ciudadanos sencillos –no todos- que antaño, y padecen el precio, el elevado precio que se paga cuando la soberbia es lo más importante, cuando el despotismo y el alejamiento de las masas es manifiesto y pierden toda conexión con la realidad. Pierden piso, como dice la gente en las calles.
Los integrantes de la gloriosa selección española entendieron a base de dos partidos perdidos que no son inmortales, ni absolutos ni omnipotentes, lección que bien podría enseñarse en un diplomado en San Lázaro, en el Senado, en las gubernaturas y en los ayuntamientos.
Pocos, muy pocos son los que concluyen su período y tienen como el mejor de los premios el reconocimiento de la gente, la gratitud ciudadana y esas cosas que se entregan con el corazón a quien sirve de la misma manera: de todo corazón.
La selección chilena les puso en su lugar como sucederá con muchos de nuestros miembros de la llamada “clase política”: verán que son tan humanos como los demás y dejarán de utilizar vehículos oficiales, de pagar colegiaturas y gastos personales con dinero del erario público, dejarán de viajar como lo hacen los miembros del Congreso de la Unión a Europa, Asia y otros lugares, hospedándose en caros y lujosos hoteles que nunca pensaron siquiera en pagar.
Sucede lo mismo: en unos, se gana el prestigio con el talento para tocar y manejar el balón; en otros, sin embargo, con el talento y el tacto para tratar a la gente, para utilizar los recursos de una manera adecuada y simple, de no abusar de estos privilegios que piensan merecer y que hacen que cuando haya algún evento nos cierren calles enteras para su comodidad. Se olvidan que habemos personas con necesidades especiales y que no podemos llegar porque los elementos de seguridad no nos lo permiten.
Es lo mismo: un juego en el que participan unos cuantos y son los que llevan la dosis de gloria y reconocimiento. Pocos, sin embargo, son los que destinan su capital político a la mejor inversión: ser reconocidos por sus conciudadanos.
Unos se quieren aferrar a su posición lograda por votos, méritos propios o por relaciones de sus amigos, y otros, sin embargo, tratan de aprovechar para garantizar el futuro de ellos, sus hijos y sus nietos, y si se puede, un poco –o mucho- más.
Son tiempos en los que hay que reconocer que todo tiene una etpaa para vivir, que nada es eterno.
La duda es si los nuestros sabrán asimilar su situación cuando vuelvan a la calle como cualquiera de nosotros: como ciudadanos tan comunes y corrientes, porque lo que hoy tienen, se acaba en un abrir y cerrar de ojos.
Vendrán entonces nuevas generaciones que, esperemos, sean mejores y más humanas.
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