Existen en la sociedad profesiones que no permiten margen de error alguno: los pilotos de aviones son un claro ejemplo: se dejan distraer un momento y pueden causar muertes multitudinarias. Los médicos, los virtuales seguidores de Hipócrates son también la muestra de que los errores no se discuten: se entierran.
Cierto es, y lo hemos criticado durante más de dos décadas, que existen mercenarios con batas blancas y estetoscopios que lo único que hacen es recetar fármacos del laboratorio que les paga sus congresos y vacaciones; los hay también que se dedican a sacar dinero con intervenciones que no se necesitaban, como sucede con las cesáreas, que son el pan de todos los días porque dejan más dinero a esos mercantilistas de la salud.
Y podemos clasificar negativamente a muchos, sin embargo, nos sentamos un momento a reflexionar y vienen a la memoria esos excelentes seres humanos que han dejado sus mejores años para aprender a mitigar el dolor, para curar al que lo necesita, y para orientar con sus conocimientos a los pacientes que tienen problemas muy desastrosos.
Nadie nos puede decir qué duele más cuando tenemos el padecimiento: la mano, el brazo, el codo o el antebrazo…el adormecimiento solamente lo sentimos nosotros y nadie sabe lo que es vivir en un eterno dolor de articulaciones, de nervios, en los metatarsos o alguna otra parte del cuerpo; nadie sabe lo que padecemos cuando estamos perdiendo visión. Nadie, absolutamente nadie está dentro de nosotros.
Y aparecen ellos, que con su conocimiento tratan de diagnosticar adecuadamente a cada uno de los que nos acercamos ansiosos, nerviosos y llenos de pánico por perder la salud o la vida: los médicos de excelencia que se dan en poca numeración, pero excesiva calidad.
Viene a nuestra memoria el nombre de Jorge Cortina que, en doble personalidad nos entregan su calidad: padre e hijo demuestran en cada momento su altísima dosis de humanismo y preocupación por la salud de los demás. Como ellos, hemos tenido la fortuna de conocer a muchos excelentes discípulos de Hipócrates: Hugo Yépez, Juan Villagrán, Raúl Bermúdez (+), Alejandro Tirado, Eduardo Méndez, y muchos, pero muchos más que hacen lo imposible por tratar de alejar el dolor y lograr que recuperemos un bienestar perdido por días, semanas o años…
Son esos médicos los que a veces son condenados porque un paciente muere: hay que entender que, por causa de la negligencia del paciente hay muchas personas que llegan a las clínicas y hospitales “en las últimas”, y por no seguir su tratamiento y recomendaciones médicas pasan directamente a urgencias, donde solamente se les ve morir dentro de una poco grata agonía.
¿Hasta donde es responsabilidad del médico y hasta donde del paciente?
Hay que entender que ningún médico es Dios y no tiene la cura milagrosa. Hay que saber que par estar bien hay que seguir AL PIE DE LA LETRA las indicaciones de los que nos atendieron y recetaron.
De otra forma, la responsabilidad es nuestra y no de ellos.
No podemos culpar a un médico porque se muere el abuelo que nunca entendió que había que cuidarse. No existe medicina mágica o milagrosa: existen médicos competentes, tratamientos adecuados y apego a éstos que nos permiten sentirnos mejor. Nada más.
Y el condenar a todos porque no se cura la gente es irresponsable y hasta estúpido. Hemos padecido malos médicos en esta ciudad que nos han llevado a sufrir de más, hemos tenido que soportar médicos burócratas que solo recomiendan lo que sus laboratorios les ordenan, pero hemos tenido la fortuna de toparnos con verdaderos médicos, ángeles de la salud que nos dan todo para curarnos pero hay que seguirlo, si no, no funciona nada.
Nos solidarizamos por quien pide justicia para los médicos condenados injustamente, y hacemos votos porque todos ellos actúen con profesionalismo, con humanismo y una alta dosis de responsabilidad.
El resto, es y será responsabilidad de cada paciente, así de fácil.