Nada más llamativo, interesante y atractivo, pues, que lanzar la promesa, la que como el chicle, a lo mejor pega.
En este México tan desigual, tan injusto y tan pobre, quién compra un caramelo a bajo precio lo disfruta y lo saborea como si fuera de oro.
Y esto se ajusta también a ese importante problema que hace sudar de la frente a este país desde hace muchos años y que significa la circulación de los vehículos “chocolate” que inundan nuestra frontera tamaulipeca y cada uno de los municipios de este ya famoso estado.
Si me remonto a principios de los años 90 puedo hablar con conocimiento de causa que la jornada no fue sencilla y si muy peligrosa, porque desafiar a un gobierno federal inflexible, arrogante y autoritario comandado por Carlos Salinas de Gortari no era común, porque el niño predilecto de Harvard no entendía razones.
Bajo el lema de “No al decomiso, si a la nacionalización”, los pobladores de Ciudad Victoria propietarios de esos vehículos tomaron la calle, se hincharon de valor y con lo que tuvieran a la mano neutralizaron los intentos que hizo la policía fiscal para incautar sus unidades ilegales, bajo el argumento de que era contrabando.
Y todo empezó como un juego en el que participamos seis reporteros de la capital de Tamaulipas inexpertos en el arte de agitar a las masas, quienes nunca imaginaron la dimensión que alcanzaría un simple llamado a la resistencia civil a través de los medios de comunicación, los que, generosos, les abrieron y les regalaron un espacio.
Fui yo el que ideó la organización de ese movimiento que fue histórico en Tamaulipas allí en uno de los maceteros del interior de Palacio de Gobierno, el que un principio mis compañeros tacharon como una locura juvenil que terminaría mal o sea con muertos, con heridos y con detenciones de muchos de los que se rebelaban.
Pero nada mejor que combinar el servicio social, con el periodismo.
Fueron horas, días, noches en vela en que era difícil contener a la turba que exigía la regularización de unidades extranjeras al igual que sucedía en Chihuahua, porque no se iba a permitir que a Tamaulipas se le tratara como a un estado de segunda.
Casi dos meses transcurrieron entre impresionantes manifestaciones callejeras, bloqueos de avenidas y de carreteras, la quema de vehículos en la explanada de edificios públicos, persecuciones nocturnas a los cabecillas del movimiento, intimidaciones de las autoridades y advertencias de despido laboral, pero nada enfrió la sangre caliente de miles de tamaulipecos que clamaban la igualdad.
El movimiento nació en Ciudad Victoria y se extendió de inmediato por otros municipios de Tamaulipas, pero también de Nuevo León, de Hidalgo, del Estado de México, de Veracruz y de muchos más, donde si hubo muertos, heridos y detenidos por diversos delitos.
Y fue aquí, en esta tierra cueruda, donde los reporteros se enfrentaron a Pedro Aspe Armella, entonces secretario de Hacienda Federal, quien con tres palabras – no al contrabando- trato de matar la esperanza de miles que luchaban por conservar un bien que no cruzo la frontera por el río o por el aire, sino por las aduanas que operan en Tamaulipas.
El gobierno federal dijo “no”, pero los irritados tamaulipecos gritaban “si” y fue así como una noche en su noticiero Jacobo Zabludovsky anunció la luz verde para la nacionalización, no obstante de que horas antes el ex gobernador Américo Villarreal Guerra había informado en rueda de prensa que no había nada para nadie.
Y como el tamaño si importa y los resultados, también, se dio paso para la regularizaran de más de 70 mil vehículos americanos a bajo precio tan solo en Tamaulipas.
Esta historia se vale para aconsejar a la alcaldesa panista de Matamoros, Leticia Salazar Vázquez, acerca de que dar ese paso no es fácil, aunque si es una buena estrategia para agregar simpatizantes a su causa con miras a escalar la gubernatura de Tamaulipas.
Y es que hace falta más que faldas para lograr ese objetivo en Matamoros, donde la ilusión de muchos la puede matar unos cuantos, o sea las autoridades hacendarias.
En 1992 el PRI, su gobernador aquí, sus senadores, sus diputados federales y locales salieron muy raspados por falsos, por ventajistas y por temerosos.
Por eso hoy, Doña Lety, debe valorar bien el tamaño del trompo.
Que ya gira y gira en su bien cuidada uña.
Porque la mentira pesa y, demasiado.
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