Sin lugar a dudas, para poder atajar cualquier problema de la naturaleza que sea, se requiere de un buen diagnóstico: sin éste, será difícil encontrar las causas del asunto a tratar y, por ende, la solución adecuada. Sucede mucho en el caso de una necesidad de obras y servicios y principalmente en el campo de la salud.
En este último, la comunicación se considera determinante: si no hay una adecuada comunicación entre el médico y el paciente, difícilmente se logrará un diagnóstico acertado, lo que lleva a un tratamiento equívoco y la falta de la recuperación de la salud.
Es común encontrar médicos que no hacen bien su trabajo en forma adecuada, lo que lleva a un desperdicio de fármacos impresionante: millones de pesos se pierden al dar a un paciente medicamentos que no son los que su organismo requiere. De esta forma, el Sector Salud pierde dinero, que es nuestro porque viene de los impuestos de todos –bueno, casi todos- y no es justo que una nación pobre dilapide recursos.
Se requiere, necesariamente, de un buen diagnóstico: a veces nos envían al laboratorio y nos piden una batería impresionante de exámenes que incluyen prácticamente todo, dejando a las máquinas maravillosas la tarea de diagnosticar para luego entregar una receta con los fármacos necesarios.
Esto sucede en el mejor de los casos, aunque cuesta dinero porque en ocasiones se requiere de un solo estudio; otro caso es cuando nuestro organismo requiere medicamentos que están fuera del llamado cuadro básico y nos encontramos en un dilema.
El caso es que, en la medicina pública y privada se da el caso de un diagnostico no acertado, que puede llevar, insistimos, a un tratamiento que no va acorde a nuestras necesidades.
Otro de los grandes problemas es que muchos medicamentos alivian el problema pero afectan otros sistemas, principalmente el digestivo, ocasionando la molesta gastritis medicamentosa, es decir, la irritación del estómago por consumo de químicos en forma a veces despedida.
¡Qué importancia tiene el saber diagnosticar!
Y en esos casos, implica tener una confianza total en el profesional de la medicina: que no se tenga el miedo de antaño al doctor, porque se regañaba al paciente y ya: el problema estaba resuelto, porque nos quedábamos callados para evitar esos malos ratos, y no decíamos todo lo que teníamos que decir.
Fundamental resulta el hablar sin miedo, y que ellos –los doctores- entiendan que la angustia o el estrés, la preocupación forman parte de nuestro estado actual cuando vamos a consulta, y en ese clima, puedan hacernos un diagnóstico positivo. Lo necesitamos para recuperar la salud, sin duda alguna.
Ante ese panorama, se torna prioritario el comunicarnos con ellos de forma correcta, que haya un buen diagnóstico, porque nos ha sucedido que tenemos medicamentos “para aventar para arriba” pero no surge algo que nos permita recuperar la salud.
Claro, no podemos decir que todo es el médico: si no hacemos lo que nos recomiendan, nunca nos curaremos y será injusto e irresponsable culparlos a ellos o a la autoridad sanitaria: el exceso de sobrepeso, obesidad, diabetes, hipertensión y males que matan a México surge de la falta de atención que ponemos en las indicaciones clínicas.
Somos los pacientes los principales protagonistas de estos asuntos, y somos los principales beneficiarios –o afectados- de los tratamientos de los que hablamos. No se culpe a nadie más, pues, aunque requerimos un buen diagnóstico.
Llega el momento de hacer bien las cosas, de exigir al doctor un buen cuestionamiento, un diagnóstico acertado, que nos indique el tratamiento requerido… pero que nosotros hagamos caso a sus recomendaciones.
De otra forma, si nos enfermamos más o nos morimos, será responsabilidad nuestra: así de claro y contundente.
Comentarios: [email protected]