¿dónde están los padres?

Cusa tristeza ver cosas que no nos gustan y que tuvieran un remedio fácil si les ponemos atención: el encararse con un nutrido grupo de adolescentes que han hecho de la bebida y la juerga, del tabaco y los desmanes su forma de divertirse nos lleva a pensar en aquella juventud amplia y hermosamente vivida, pero superada, al parecer con un tino que nos ha permitido crecer como personas.

Las fiestas de preparatoria son algo inusitado: vemos en un centro social, una casa o una palapa a decenas de muchachos y muchachas alborotándose con un lenguaje poco adecuado, con vasos por doquier que contienen la más increíble variedad de bebidas alcohólicas mezcladas con cosas que pueden inclusive envenenar; ver la cantidad de colillas de cigarro afuera, luego de la parranda, o ver los estragos de una buena borrachera resulta triste, más, porque son muchachos: a sus 15 o 17 años hacen lo que mucha gente que no sabe lo ue es bueno: beber hasta estupidizarse, y con ello, envalentonarse o ponerse tristes y románticos con frases que surgen de la cursilería alcohólica propia de estos menesteres.

No nos espanta. En la juventud cometimos excesos como casi todos, sin embargo, es tiempo de superar las cosas y seguir andando, como dijera Don Quijote a Sancho Panza.

La pregunta más importante: ¿y donde están los padres?

Ninguna cartera o chequera es tan grande que pueda dar un escudo de impunidad o los proteja de un accidente inclusive mortal; hemos visto a amigos muy cercanos llorar a sus hijos porque no pudieron entender que había que orientarlos.

“Vaya, mi hijo, no ha problema”, y los jóvenes que se encuentran en una edad que requiere orientación, salen como perros amarrados o como aves al vuelo: sin control alguno, pensando que “su” experiencia es mayor que los consejos de los padres.

Decenas de muchachos haciendo el ridículo en cualquier fiesta es lo más normal. ¿Qué sigue? Que los vecinos llamen a la policía y lleguen algunas patrullas a tratar de poner orden, pero al ser intimidados por algún “poderoso” o “influyente” muchacho, se van y dejan que todo corra como iba… sobre todo, el alcohol, ese enemigo del ser humano que acaba con la cordura y muchas cosas más.

El llamado es a los padres de esos jóvenes de preparatoria que surgen en las reuniones con enormes vasos de alcohol. Hay que enseñar a los hijos las consecuencias del abuso de bebidas, estupefacientes, tabaco y más. Enseñarles que no son inmortales y que una bebida o un cigarro no los hace más maduros ni más hombres… o más mujercitas.

Una chica tomada es un espectáculo deleznable, grotesco, burdo, y un muchacho borracho, también tiene su alta cuota, porque lo etiquetan en sus grupos sociales y escolares inmediatamente.

Tenemos obligación de corregir pero a tiempo, porque cuando queremos hacer algo, muchas veces es demasiado tarde para reaccionar. Los jóvenes, como nos sucedió a nosotros, necesitan orientación.

Decía Baden Powell que hay que saber tomar, y en sus enseñanzas nos decía que los enemigos de la juventud están ahí, latentes.

No hagamos de nuestros hijos esos prepotentes “hijos de papi” que hacen sin medida y cobran facturas muy elevadas. Es tiempo de tomar la educación de ellos de frente, orientarlos, ayudarlos a que crezcan en un ambiente de amor y comprensión: que sepan a qué atenerse con el vino y esos enemigos que mencionamos.

Es la hora de que los padres actuemos como tales y hagamos lo que nos corresponde, porque de otra forma, podremos lamentarlo dentro de muy poco tiempo, teniendo hijos alcohólicos, farmacodependientes, fumadores… o en un cementerio.

Nosotros tenemos la palabra, aún estamos a tiempo.