Nada fácil es evitar el juicio de la historia: puede una excelente y bien llevada campaña mediática y de opinión a través de redes sociales hacer que uno piense de alguna manera sobre un instituto político, un servidor público, un poseedor de cargo de elección popular o un candidato, inclusive, de un dirigente sectorial.
Se puede manipular mucho de lo que leemos: Facebook es una clara muestra de lo que se puede lograr cuando se hacen las cosas en forma adecuada en cuanto a manejo mediático, pero no asegura que la gente crea todo lo que hay. Los ejemplos más claros los tenemos con aquel movimiento “Yo soy 123” o las campañas del PRD cuando la presidencia de la República: el Photoshop y otras herramientas existentes nos muestran lo que se puede hacer, y es tan fácil ubicar a alguien en un determinado evento… o eliminarlo y decir que nunca estuvo aún cuando haya tenido participación destacada.
Es el poder de los medios, sin lugar a dudas.
Habemos comunicadores –perioidistas es demasiado ostentoso- que pretendemos emitir una opinión; recordemos que existe el periodismo informativo y el opinativo, y en el primero no se vale decir mentiras: se debe manejar la verdad, los datos “duros” y reales, sin emitir opinión alguna.
Caso contrario es cuando uno tiene la oportunidad de ser leído en sus opiniones que bien pueden ser contra o a favor de cualquier causa. No todos tienen por qué estar de acuerdo, aunque, claro, nos gustaría que todos coincidieran con nuestras apreciaciones.
Y en ese tenor, cuando se maneja la opinión se debe respetar cabalmente lo que cualquier persona escribe, en el entendido de que no tenemos por qué estar de acuerdo. Pero cuando se hace periodismo informativo no se vale emitir juicios ni decir que fue “bueno” o “malo” u otro calificativo: en este tipo de información éstos –los calificativos no caben: solo los datos para que el lector se forme una opinión personal de acuerdo a su forma de ver las cosas y de sufrir o no lo que se vive.
Entonces, Facebook y las redes sociales nos inundan con datos muchas veces no comprobados, es decir, falsos, y que tienen mucho de veneno por parte de quienes los han emitido, y que buscan manipular a la opinión pública en aras de obtener un resultado.
Pero el juicio de la historia no puede borrarse: todos sabemos quien es quién en las administraciones y cuando buscan otros puestos, la gente siempre saca lo que quedó allá detrás, cuando tuvieron oportunidad de servir y se sirvieron, o cuando tuvieron un cargo de importancia e hicieron de la soberbia, la prepotencia y el mesianismo sus principales características.
Es así que los partidos tienen que pensar muy bien antes de elegir a los hombres que sustituirán a los que hoy ocupan carteras, y que deben dejar el espacio por buscar alguna posible candidatura.
Es tiempo de que los dirigentes actúen con mesura y no se dejen llevar ya por una decisión unilateral de nadie; si piensan que quien decide se ha equivocado, tienen el deber de hacerlo ver para que, dentro de unos meses, los resultados electorales no carguen con esas costosísimas facturas que bien pueden implicar derrotas aplastantes como se ha dado ya.
Henos conocido a través de esta profesión a gente muy valiosa y no tanto que nos saluda como si fuéramos algo más que hermanos, y llegan a cargo y se olvidan hasta de abrir la puerta: los secretarios particulares son clara muestra de ello en una gran mayoría de los casos y hacen un tremendo daño a sus jefes.
Sea pues, que no nos dejemos llevar por los “espejitos” de la información pagada, de los rumores y chismes mal intencionados, y pensemos que, si se quiere vencer en todos sentidos hay que actuar congruentemente, y dejar a un lado a esos pillos vividores que se hicieron ricos en el puesto y no llenaron, porque simplemente… vienen por más.
Es todavía tiempo de meditar los cambios, en aras de un triunfo, o al menos, esa es nuestra percepción.