Victoria: al pie de la Sierra Madre

Al pie de la Sierra Madre de yergue altiva, hermosa, nostálgica: Victoria, la capital, la ciudad que debe su nombre al homenaje para quien fuera primer presidente de México, antes conocida como la Villa de Aguayo, este 6 de octubre celebró su aniversario, en tiempos difíciles pero que tienen aún los brotes de esperanza de muchos de nosotros para su futuro… y el de nuestros hijos.

Hace un año, en el Centro Cultural Tamaulipas se llevó a cabo un muy emotivo homenaje a nuestra capital; recordamos con mucho gusto y nostalgia aquellas piezas musicales y poéticas que, enmarcadas por un emotivo mensaje de Alejandro Etienne Llano, en su calidad de Presidente Municipal, dieron un toque de emoción a tan especial fecha.

Ayer, las mañanitas seguramente para la ciudad que se levanta junto a la altiva Sierra Madre Oriental, motivo para pensar en los grandes momentos que el Ser Supremo regala a sus habitantes y que, pese a lo que hay y lo que somos, tiene la esperanza de mejorar cada día más.

Seguramente, a distancia lo sentimos, sus autoridades han llevado a cabo actos de homenaje y celebración como suele suceder año con año, aunque cada vez más nos inunda ese sentimiento tan especial que llega dentro de cada uno de los que nos sentimos orgullosamente victorenses.

Es recordar esas hermosas piezas poéticas que tejieron ilustres ciudadanos: “Quiero a Victoria chiquita, no quiero verla crecer”, o “Victoria, la cenicienta” y muchos más, que nos recuerdan lo que somos, nuestras raíces… nuestro origen.

Como todo aniversario, suele acompañarse de bonitos o significativos regalos, y surge la pregunta sobre qué podríamos regalar a nuestra ciudad en su aniversario, uno más en su historia.

Podríamos pensar en otorgar una caja llena de dones, esos que cada persona tiene en su interior y que deben ponerse siempre al servicio de los demás para felicidad propia y compartida: dones que nos podrían llevar a ser partícipes activos en su desarrollo y en su progreso, con la contribución más sagrada que puede uno tener: los hijos propios que, finalmente no lo son, porque son parte de la vida y no hemos sino cumplido con traerlos a este maravilloso mundo que nos rodea y a veces no sentimos o percibimos en toda su magnitud y esplendor.

Podemos entregar una canasta llena de honestidad, donde los actos que llevemos a cabo no tengan objetivos mezquinos que lleven a la desgracia a los demás: conducirnos con sincera honestidad es quizá una de las virtudes más sencillas y más difíciles al mismo tiempo que debemos registrar y llevar a cabo.

Esa canasta de honestidad y trabajo en la parte que nos corresponda: como educadores, como comunicadores, como obreros o funcionarios, como servidores públicos o como artesanos: todos tenemos una parte importante en el rompecabezas conformado por miles y miles de almas y seres que, uno a uno, hacemos de Victoria la ciudad que hoy ostentamos y merecemos, porque, finalmente, somos lo que trabajamos y debemos tener en base a nuestro trabajo y esfuerzo personal.

Victoria merece eso y más, y cada uno de los habitantes de nuestro terruño lo sabemos. Habemos muchos que hemos llegado por una divina casualidad a este sitio a vivir y nos hemos reencontrado con sus raíces como si fueran propias; las amamos más que muchos que vieron la luz primera en sus calles y clínicas.

Esos seres que hemos abrigado la ilusión de ser victorenses y que tenemos, por derecho, todo lo que cualquiera pudiera tener por el solo hecho de merecerlo y desearlo con el corazón.

Somos parte de este homenaje a nuestra capital, y pensamos que si todos hacemos lo propio, si queremos que nuestra ciudad progrese, tenemos que participar en forma más activa en su desarrollo de la manera más sencilla: cumpliendo con el rol que la vida nos ha otorgado en este maravilloso lugar, respetar sus formas de convivencia y leyes, respetando su origen y sus personas, su tierra y su sangre, sus ríos y sus calles… amando a Victoria, que es nuestra ciudad por decisión propia.

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