En tiempos como los que vivimos donde la autoridad en el país ha sido rebasada por la barbarie, disfrazada de inconformidad o manifestaciones de desacuerdo, surgen elementos que realmente deben atenderse y que si no se presta el cuidado necesario, podría ocasionar, ahora sí, un grave, muy grave problema.
No concebimos grupos de anarquistas que, seguramente no tienen idea de lo que es anarquismo, y que aprovechan cualquier pretexto para vejar, violar, robar, destrozar y hacer desmanes en general, amparados en una causa que no tienen, en un pretexto no válido. Esos no son manifestantes indignados: son delincuentes, así de claro y sencillo.
Lo que preocupa es que nadie quiere enfrentar la problemática desde su punto de vista de la justicia, y entonces surgen los problemas que tenemos: un policía fue acorralado en instalaciones de la UNAM y golpeado, pero al disparar su arma en defensa o invadido por el pánico de poder ser linchado por una turba de pseudo estudiantes, ha sido detenido, cesado en sus funciones y consignado por delitos, entre otros, de abuso de autoridad.
Otros, van al Zócalo y destrozan: son detenidos y al día siguiente sus padres aseguran que son buenos y tranquilos, y grupos de inconformes con la vida se manifiestan exigiendo su liberación; ¡vaya! Hasta los que dicen estudiar en el Instituto Politécnico Nacional han pretextado su liberación para seguir con los procesos de acuerdo con la autoridad que trata de poner orden, y nada más.
Los policías son personas como usted y como nosotros con una función determinada en la sociedad, y ellos tienen que hacer valer la ley, sin embargo, sus jefes no se los permiten, porque si consignan, liberan a los vándalos y a éstos –los policías- los detienen; si se defienden, son unos salvajes y lo peor que hay en la sociedad.
Cierto, hay cada elemento que merecería no estar en un cuerpo de policía sino en un reclusorio purgando condenas, pero la mayoría son personas que tienen familiares e hijos a los que probablemente no verán porque son agredidos con sopletes, bombas molotov, piedras, palos y todo lo que se pueda.
Ellos, solamente salen con un escudo y nada más: tienen prohibido defenderse o portar armas, pero los otros, los “de enfrente”, los que se dicen buscadores de justicia, los agreden y violentan a su antojo. Las autoridades omiten cualquier acción por miedo, un tremendo miedo a ser impopulares.
Toman carreteras y los policías no pueden hacer nada. Saquean centros comerciales y no nos pueden defender porque no tienen permitido hacerlo.
Entonces, ¿para qué tener policías? Si no los dejamos actuar y no tienen la confianza de la autoridad, quiten a esos elementos, ahórrense esos salarios y listo, el importe de los mismos utilícenlo para indemnizar a las víctimas de los salvajes que lesionan y roban.
Pregúntese usted qué haría si fuera policía de cualquier nivel y en la mañana sus hijos le dijeran: “hasta la noche, papá”, y es probable que nunca regrese porque a un inadaptado se le ocurrió prenderle fuego, porque al fin que saldrá inmediatamente pagando unos cuantos pesitos de multa o fianza. Así se las gastan.
Son ellos, los policías, los que deben imponer el orden y la ley pero la misma autoridad no los deja. Se disculpan con los delincuentes por haber sido groseros o malos; eso lo vemos todos los días en las noticias y enferma ver a un Miguel Mancera o a un Gabino Cué pidiendo orden y viendo que sus entidades son un infierno en todos sentidos.
¿Es esa la justicia que merece México?
Lo menos que se puede garantizar es la integridad de los ciudadanos, y para eso están los policías, no para ser perseguidos y reprimidos, para estar expuestos a morir linchados cada vez que les llaman.
Eso no es ser autoridad, y no se vale jugar con la vida de los que trabajan en un cuerpo de seguridad. Son tan humanos como usted o nosotros y merecen el mismo respeto como seres vivos.