Padres e hijos: ¿somos equitativos?

Surge el tema por la conversación con quien ocupa un sitio muy especial dentro de nosotros y la función del padre y el hijo, que nos trae a la memoria aquella caricatura de Mafalda en la que la madre le ordena algo, y ella contesta: ¿Por qué? A lo que la madre asiente: “porque soy tu madre”; Mafalda le dice: “Si es cuestión de títulos, yo soy tu hija… y nos graduamos el mismo día!”¿
¿Por qué resulta importante la caricatura de referencia? Dice David que no le gusta escuchar la trillada oración que empleamos los padres: “nadie me dijo cómo ser padre, estoy aprendiendo contigo”. Entiende también que es una realidad, porque para entender a los hijos propios deberíamos meternos en su cerebro y copiar toda la información que tienen, en la época que viven, con las experiencias que poseen y la edad de ellos. Algo imposible, pues.
Así como nadie nos enseñó a ser padres y aprendimos algunos trucos y conductas con el ejemplo de casa y los medios masivos de comunicación que resultan ser el mejor y peor maestro, a ellos nadie les enseñó a comprender a los padres desde nuestra perspectiva, es decir, a veces queremos que nos entiendan porque estamos cansados, fastidiados, abrumados, porque pensamos que las cosas no son de esa manera –muy válido, pero a veces injusto- o por muchas razones. Pero cuando ellos no asumen una conducta que esperamos, les reclamamos a veces con tal dureza que las relaciones hijo-padre se fracturan.
Muchas veces, con una frase rompemos esa relación de forma tal que la reparación no se completa nunca; es como el espejo, cuando aventamos una piedra, se rompe en pedazos. Luego, dice el maestro: “pida disculpas al espejo”, y lo hacemos, pero el mismo sigue roto, aunque haya recibido las disculpas.
Es por ello que pensamos que la relación entre padres e hijos debe ser una asignatura de dos, no de una parte donde la autoridad o la benevolencia sean tutoras: los valores individuales y conceptos sobre la vida deben ser compartidos de forma tal que no afecten a los que están frente a nosotros, porque finalmente, son ellos, los hijos, el reflejo de lo que podemos hacer por una persona, y nosotros nos logramos levantar en la medida que ellos nos lo permiten, como seres humanos, como padres, como individuos.
Es tan importante el escucharlos y tratar de ponerse en su lugar, pero tan difícil a la vez, que muchos suponemos que es más fácil asumir un nuevo trabajo u ocupaciones cotidianas para entretener a la mente y no pensar en la enorme responsabilidad que el Ser Supremo ha puesto en cada uno de los que hemos experimentado la valiosísima oportunidad y don de la paternidad, el mejor regalo, sin duda alguna, porque nos permite entregar en forma totalmente desinteresada nuestros afectos y experiencias en la persona o personas que están bajo u a dirección nuestra temporal, para luego, tomar su camino, volar muy alto como lo hiciera Juan Salvador Gaviota, y buscar la manera de comerse el mundo –su mundo, no el nuestro- a su manera, con sus herramientas y fortalezas.
Somos afortunados quienes somos padres, sin duda alguna, y más los que tenemos frente a nosotros y dentro del corazón a esos seres maravillosos que respetan nuestras decisiones aunque algunas no las compartan, que saben que son importantes a grado tal que daríamos la existencia por ellos, y que compartimos cosas positivas y no tanto, pero que todo lo hacemos en un aro donde el amor incondicional es la base de todo.
Cuando la vida nos premia con el don de la paternidad, no podemos más que ser agradecidos por recibir el mejor de los regalos, y sobre todo, ponernos, como dice aquella lectura, a temblar, porque es un compromiso con la vida misma, con Dios, cualquiera que sea nuestra idea de él, con ellos y con nosotros mismos, porque a partir de ese momento, cuando llegan al hogar cubiertos en una manta y con su rosada carita, nos hacen ver que inicia el largo y hermoso trabajo de ser padre que nunca termina, porque mientras hay vida existe esa maravillosa conexión con ellos.
Es por eso que la razón invita a agradecer a Dios por tres maravillosos regalos –en lo personal-, y agradecer por los que como nosotros han sabido entender el concepto, y quieren seguir aprendiendo cada vez más.
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