Y llego la hora de la misa de siete.

La catedral de Ciudad Victoria lucia abarrotada de feligreses en aquel día lluvioso y frío, si, un frío que calaba hasta los huesos pero la comunidad religiosa local siempre fiel, muy creyente, tenía que cumplir con el ritual.
En la primera fila, de frente a la imponente figura del Señor Jesucristo, ella, de casaca negra y vestido elaborado a base de flores de diversos colores, rezaba, unía las manos he inclinaba la cabeza en señal de respeto, en acato a las ordenes que dictaba el sacerdote.
Apenas habían transcurrido unos minutos y de pronto un joven de rostro maltrecho, andrajoso y con un bote en la mano se ubicó frente a ella, la miro fijamente y se hincó en el frío piso dándole la espalda.
Como que daba la impresión de que estaba drogado porque no coordinaba sus movimientos, pero insistía en mirar con el rabillo del ojo a aquella mujer, que no pudo ocultar su nerviosismo.
Por momentos el joven se incorporaba y la miraba penetrantemente, por lo que ella trataba en vano de moverse de asiento, lo que le era imposible porque la fila en la que estaba ubicada lucía llena.
Mejor tomo su bolso de mano que descansaba en la banca, lo colocó entre sus manos y lo presionó con fuerza, tal vez para evitar un robo.
Pero el muchacho insistía en hostigarla con la miraba y ella, inquieta, volteaba hacia todos lados, muy parecido a como cuando la Caperucita trataba de escapar del acoso del Lobo Feroz.
Quienes presenciamos la escena no podemos apartar de la mente el peligro en que vivimos en esta convulsionada época que sigue lastimando a nuestra bella Tamaulipas.
Si, una entidad en la que los acontecimientos y el pavor invitan a que se desconfíe hasta del vecino, hasta del compañero de banca porque la situación así lo exige, así sea aun en las misas de siete.
Y más que en la letanía que escapaba por la boca del sacerdote la atención de los feligreses de las primeras filas estaba concentrada en los movimientos de aquel muchacho, más aun cuando desabrochó su sucia chamarra y dejo ver debajo un morral de colores, muy semejante al que portaban los “hippies” en los alocados años del famoso Avandaro.
Por eso ella se mostraba cada vez más inquieta y buscaba desesperada con la mirada la protección de los fieles creyentes, quienes no sabían como reaccionar frente a aquel suceso que no se muy usual en la Casa de Dios.
A la mitad de la misa el joven aspiró su bote, se incorporó y avanzó hacia la salida de la catedral donde permaneció unos minutos y ella respiro tranquila, pero luego él regreso a su sitio frente a aquella mujer de cabello corto negro azabache, una de las funcionarias del gabinete estatal que por su cargo tiene fama de ser, implacable.
Pero eso ella lo sabe combinar bien con la seriedad y el respeto, lo que la hace muy distinta a otras que la han antecedido y que eran afectas a la pose, al mareo y a perder fácilmente los estribos.
Casi al final de la misa el sacerdote llamo a darse la paz y fue entonces cuando aquel muchacho hostigoso y estropeado por la vida se aproximó rápido a ella y le extendió la mano.
Ella, intranquila, le atendió el saludo.
Y él, hizo una reverencia y le depositó un respetuoso beso, en la mano.
Enseguida, el muchacho abandonó la catedral.
Tal vez nunca se enteró de que con sus actos voluntarios o involuntarios había perturbado a una de las funcionarias de más peso.
Si, había puesto en aprietos a la Contralora de Tamaulipas.
A quien le asiste la razón por mostrarse, precavida.
Y quien tal vez hoy medite que a pesar de todo.
La confianza, es lo único que no se puede perder.