De la peseta al euro

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El pasado 28 de febrero se cumplieron trece años del adiós a la peseta en España, en aquel entonces fueron retiradas definitivamente de la circulación todas las pesetas de papel y monedas y se introdujeron 42 mil 407 millones de euros.
Día histórico, tanto y más. La peseta se convirtió en unidad monetaria nacional a partir del 19 de octubre de 1868 y un siglo y treintaytres años después cedió su sitio al euro; la moneda europea que unifica a 19 estados miembros de un total de 28 países dentro de la Unión Europea (UE).
En la conversión, el Banco Central Europeo (BCE) fijó un euro igual a 166.386 pesetas y permanece así inamovible por lo que no existe potestad nacional alguna sobre del tipo de cambio ni la política cambiaria.
Al ser un esquema fijo, la unidad monetaria, ha quedado supeditada al BCE que es el “banco de bancos centrales” por lo que ninguno de los institutos centrales de cada uno de los países miembros del euro tiene atribución alguna para alterar el tipo de cambio.
Lo que sí tienen es la obligación de retirar de la acumulación, esto es de la tesorería personal o familiar, las pesetas que todavía siguen en poder de los españoles.
Más por aspectos de atesoramiento (o quizá porque algunos mantengan la esperanza de que un día volverán a hablar del duro) el hecho es que los españoles guardan pesetas en moneda y billetes que son equivalentes a 1 mil 664 millones de euros.
El Banco de España tiene de plazo hasta el 2020 para aceptar todas las pesetas y cambiarlas a euros, de tal suerte que éstas puedan regresar a los canales de circulación de la economía.
La gente mantiene sin usar determinado poder adquisitivo que bien podría haberle sido de utilidad en los oscuros años de la crisis económica. Quizá las personas no estén bien enteradas de que pueden llevar sus pesetas al Banco de España, que les restan cinco años para el canje.
Después del plazo fatal entonces sí que tendrán meros souvenirs, recuerditos para la posteridad, por ello la invitación a que cambien esas pesetas por euros que bien les servirán para algo de mayor provecho.
También es increíble que andado el tiempo transcurrido, los españoles mayores de 18 años, sigan pensando, haciendo cálculos y convirtiéndolo todo a pesetas para tener la referencia de si es caro o barato.
Yo lo que sé es que los años que viví en España bajo la blanca no llegué a percibir una abismal diferencia de precios en cuanto al coste de la vida respecto de México.
En cambio, cuando volví en 2006, fue imposible no sentir el golpe de los precios. Todo se hacía demasiado caro más con el cambio de pesos, en la actualidad de 17 pesos por euro, aunque en 2009 llegó a escalar hasta 19.70 pesos por euro. Qué lejanos son los años del siglo pasado en los que la moneda mexicana ostentaba un valor y un poder adquisitivo reconocido hasta en el exterior (en 1950 a 1970).
Parece una quimera que el peso valiera más que una peseta, entonces las generosas propinas de los mexicanos (siempre se nos reconoce por ello) eran bien agradecidas.
A COLACIÓN
Lo escribí en mi libro “En la órbita del dólar”, editorial Random House en la parte que dediqué al euro señalando de los costos sociales derivados de la imposibilidad de devaluar.
Para una corriente de investigadores, la evolución de la Unión Europea en la eurozona es la confirmación de la teoría de Robert Mundell, el economista canadiense y Nobel que en 1961 estructuró la teoría de las Áreas Monetarias Óptimas.
Un área monetaria óptima es una unidad económica compuesta de regiones que tienen enormes lazos comerciales, entre las que prevalece una libre movilidad de los factores de la producción.
Para que el área monetaria funcione a plenitud y de manera óptima -de allí su nombre-, los países o las regiones deben cumplir con ciertas condiciones: 1) La libre circulación de mercancías. 2) La libre circulación de los trabajadores asalariados. 3) La libertad de establecimiento. 4) La libertad de prestación de servicios. 5) La libre circulación del capital.
Si bien la UE ha trabajado para liberalizar sus mercados y los factores de la producción, algunos analistas consideran que la liberalización no cumple con las características de una zona monetaria óptima, lo que el propio Mundell ha señalado en distintos foros internacionales.
En buena medida el modelo es perfectible y creo que tras la larga crisis económica de la que todavía no se termina de salir del todo de forma concreta (Grecia y Portugal siguen asustando) estoy convencida que vendrá una generación amplia de reformas para prevenir y reaccionar de mejor forma ante una nueva futura crisis. Ángela Merkel no será eterna de allí que la unión monetaria deba reforzarse y contemplar, inclusive, qué hacer si un país miembro decide irse por la libre.

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