¿Es para todos? Es de todos

Somos especiales: vivimos renegando de todo lo que huela a autoridad y lo hacemos con justificada razón: hemos vivido con una serie de personas que nos gobiernan que se hacen ricos sin el menor esfuerzo: vemos insultantes fortunas que circulan frente a nosotros sin que la justicia haga acto de presencia, y por eso, por lo general entendemos que quien llega roba, y lo etiquetamos como ladrón sin pensar siquiera en el daño que hacemos a ellos, sus familias y su entorno, y por supuesto, a nosotros mismos.
Si, entendemos que no está bien que el erario público se haga cargo de manutención o colegiatura de los hijos, que se paguen vehículos para que vacacionen o hagan los mandados de su domicilio particular y recojan a los muchachos en los colegios, propiciando un desvío y además un problema agregado que es el que surge de la impunidad y prepotencia con que muchos choferes oficiales se conducen, escudados en un logotipo oficial y sintiendo que son los dueños del mundo.
Pero no todos son iguales: hay gente buena y mala, como en todos los ambientes donde el ser humano interviene.
Y es natural pensar que tenemos que cuidarnos, pero no podemos argumentar que el fracaso que vivimos o la “mala fortuna” sea culpa de un alcalde, un gobernador, un diputado o un presidente. No va por ahí, porque si bien es cierto que ellos tienen una gran responsabilidad comunitaria, las consecuencias son producto de actos que llevamos a cabo nosotros mismos y que provocamos que tuvieran esos resultados.
Cuando existen acciones oficiales, de cualquiera que provenga su origen y mandamiento, es responsabilidad de las autoridades, de los servidores públicos de todo nivel y cargo el que se lleven a cabo con prontitud y eficiencia, pero también es responsabilidad de nosotros mismos el hacer que las cosas funcionen.
El ejemplo lo tenemos en ámbitos como la salud, donde existen políticas de prevención de aspectos que llevan a una irremediable muerte como son la obesidad y el sobre-peso, problemas de alcance mundial; hay estrategias en todos los niveles, pero nosotros seguimos comiendo esos antojitos tan especiales que nos conmueven hasta el último rincón del paladar, y entonces, no hacemos mucho por no estar gordos y vienen las consecuencias de salud: diabetes, hipertensión y más aspectos que nos llevan a perder la calidad de vida básica que debiéramos de mantener.
Nos quejamos de que los miembros de cuerpos de tránsito son corruptos y viven de las “mordidas” y pagos ilegales… pero somos nosotros quienes les damos el dinero o no denunciamos… o les sugerimos el arreglo.
Queremos llevar a cabo algún trámite educativo, y vemos la manera de no entregar las constancias correspondientes, procurando que nos hagan una excepción. O de plano, nos estacionamos en doble, triple o cuádruple fila –como sucede en colegios, escuelas y todo tipo de institución educativa- argumentando que “sólo” vamos por nuestro hijo (a) y no respetamos el derecho de tránsito de los demás.
Somos únicos, especiales… y muy egoístas: pensamos cuando nos vamos a estacionar, en la forma en que nos meteremos al lugar seleccionado sin mirar hacia atrás a ver si vienen otros automovilistas. No nos importa detener el tráfico, porque los “inconscientes” no se esperan a que hagamos lo que nos place.
Esa es una realidad, y tenemos que aceptarla para poder mejorar como sociedad.
Queremos autoridades que se manejen con justicia, pero si nosotros no haceos la parte que nos corresponde difícilmente se podrá mejorar. No podemos pedir a un funcionario que no se haga rico en forma sospechosa, cuando no somos capaces de respetar una luz de semáforo, un lugar para estacionarse de discapacitados, un trámite o gestión, o simplemente, el derecho de los demás de ser tan libres como nosotros.
Prediquemos con el ejemplo y hagamos bien las cosas. Ya es tiempo, y para exigir, primero hay que cumplir. ¿No cree usted?
Comentarios: [email protected]