Leer lo que dicen da risa. Los dirigentes de institutos políticos se manejan con un optimismo que, lejos de contagiar, insulta a quien tiene al menos un poco de sentido común.
Todos hemos padecido la “promesitis” que ha contagiado a los partidos políticos que, por cierto, hoy son más, porque parece que los que se dedican a esta actividad no tienen llenadera y, lejos de compartir el botín, han decidido que el Instituto Nacional Electoral les de dinero en distintas partidas, lo que se traduce en que son los mismos bribones pero divididos en más bandas.
Ahora las prerrogativas alcanzan hasta para quienes lejos de hacer política viven de ella, y se embolsarán algunos milloncitos de pesos del erario con tal de no trabajar en algo que requiera esfuerzo.
Solo necesitan convocar a conferencias o ruedas de prensa –que no es lo mismo- y decir que van a ganar en los ocho distritos electorales, cuando sabemos que es una verdadera utopía en primera instancia, por el nulo trabajo partidista y de campo que han realizado, y segundo, porque solamente hay ocho sitios para San Lázaro, y todos han prometido victorias pese a lo negativo de su desempeño como grupo político, y a haber dado rienda suelta a sus ambiciones personales en aras de asegurar su futuro bajo la ley del menor esfuerzo.
Esa es la historia, y en ese tenor vemos la manera en que algunos se la pasan visitando grupos de ciudadanos y entregando nombramientos; no estamos recordando que durante tres años ni se acordaron de nosotros, y los que llegaron en la anterior legislatura se dedicaron a hacer campaña para procurar un sitio en los siguientes comicios, o en aras de una llamada para ocupar la candidatura al cargo de gobernador constitucional que se juega en 2016.
Todos han hecho lo mismo, y lo peor de todos es que muchos nos hemos tragado el cuento ese.
El más serio de todos los partidos inició con una serie de acciones tendientes a hacer imagen en la ciudadanía, lo que procuraron durante mucho tiempo. Hoy, han cambiado las cosas y no son capaces de tomar una llamada telefónica. Esa soberbia con que se manejan insulta a los ciudadanos y nos entristece a quienes tenemos necesidad de establecer contacto para informar de sus acciones.
No nos dejan hacerlo, porque se piensan seres superiores. Hoy no reciben llamadas, y en un estúpido sentimiento de superioridad olvidan que dentro de muy poco tiempo serán parte de los desempleados por su bajo rendimiento laboral, es decir, porque no fueron capaces de ser factor importante en las elecciones del presente año.
Se han pasado haciendo todo menos su función. Antes, los que se encargaban de estos menesteres tenían contacto real con la gente necesaria, y hoy nos han reducido a nada, con ese afán de sentirse más que bordados a mano. Son esos los que hacen un tremendo daño a los institutos políticos, y a las nóminas oficiales, porque están en varias de ellas, cobran y además toman recursos ajenos en beneficio personal o familiar, sin que nada ni nadie –por el momento- les ponga un “hasta aquí” y los elimine de esos sitios donde nunca debieron estar.
Esos son los que han hecho un gran daño a los partidos políticos, y gracias a esos seres la ciudadanía ya no cree en los mismos, ya no entendemos que haya un candidato con la honestidad necesaria que nos pueda representar dignamente.
Pocos, muy pocos merecen esa distinción ciudadana.
Porque no han tenido empacho en mentir, en esconderse, en encerrarse en esa temible burbuja de cristal ajena a la realidad cotidiana, porque nos han hecho sentir que no les merecemos, o porque consideran que su rapacería nunca será descubierta.
Se equivocan, y los resultados a sus atrocidades tendrán eco dentro de unas semanas, porque la gente no olvida y todo cobra.
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