Día del Maestro

A unos, manzanas, a otros, ni la vuelta, dicen quienes han experimentado en su vida académica y personal la presencia de mentores, maestros, profesores o como quiera usted llamarles.
Hemos de entender que no es lo mismo ser profesor que maestro.
Los profesores tienen a su cargo la formación del recurso humano en general: aritmética y geometría, lenguaje y redacción y así, muchas asignaturas que seguramente tendrán que ver con nuestra vida profesional y personal. Insistimos en ello porque hay unos que técnicamente son excelentes, aunque su calidad moral o personal deje mucho qué desear en los alumnos que en ocasiones son vilipendiados, humillados por el clásico acomplejado que cree que todo lo sabe, o el prepotente que supone que es dueño de una materia o un conocimiento.
Hemos de ser sinceros y aceptar que todo el conocimiento está al alcance de cualquier persona, de todo nivel y estatus. Ya no es como antes cuando los libros estaban destinados a una clase determinada. Hoy, con un móvil tenemos acceso a la llamada red de redes y a todo el conocimiento de cualquier tema, bueno o malo, y de cualquier enfoque o punto de vista.
Los maestros, los verdaderos maestros, son los que procuran dejar en sus enseñanzas algo profundo, algo humano, sea sentimiento, actitud, responsabilidad o más allá del “2 más 2 son cuatro”: el maestro enseña y predica con el ejemplo. Se apasiona en su función y labor y entrega lo mejor de sí en cada exposición en clase.
Ese es el que debe de festejarse.
No aquellos que, amparados en una sociedad criminal toman calles y roban, incendian y vandalizan, y que, seguramente, este viernes pedirán cínicamente su bono magisterial creyendo que lo merecen por haber sido aprobados en una escuela normal de dudosa reputación, como ellos la tienen pues.
No es maestro quien va obligado sino quien acude presuroso a compartir el conocimiento con sus muchachos o niños, con sus alumnos y alumnas, esperando que ellos puedan transformar el mismo en algo más grande y profundo, algo más trascendente.
No es el que enseña las vocales, sino el que enseña el arte del buen hablar y del buen escribir.
No es el que enseña a sumar y restar, sino a comprender la importancia de tener qué, en qué momento y para qué utilizarlo.
Esos son verdaderos maestros, no los que roban sus trabajos a los muchachos y los presentan como propios, no los que plagian el esfuerzo de cientos –miles- de estudiantes y presumen grados académicos no ganados pero sí otorgados por presiones políticas o de otra índole, incluyendo económicas.
Reconocemos el valor de cada maestro, acreditado académicamente o no, porque hay algunos que no necesitaron el título para obrar como tales en la vida, y esa asignatura sigue pendiente, pero ellos la han abrazado en forma tal que se convierte en virtud, una virtud que lleva a ser partícipes de una verdadera formación humana.
El maestro que vale lo que tiene y lo que ofrece, ese es el que este 15 de mayo debe sentirse orgulloso. El que propone y comparte el conocimiento y no se lo guarda como tal, porque, como decimos, finalmente, el conocimiento no tiene autor sino destinatarios, no tiene creador, pero sí forma de expresarse por diversas personas.
Es el arte del bien enseñar lo que vale la pena, y muchos lo sabemos.
Por ello, el reconocimiento a ellos, los verdaderos maestros, los que sienten que la vocación magisterial ha sido de las cosas más importantes de su vida y la ha llevado a la práctica.
A esos maestros, la felicitación y el exhorto para que sigan haciendo de nuestros niños y jóvenes algo útil para México, y que les enseñen que las riquezas acumuladas en tres o seis años no bastan para sentirse triunfador: que el éxito viene de la mano de la calidad de cada persona. Felicidades, maestros”
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