No se puede visitar la República Checa y dejar de visitar en su capital al Santo Niño Jesús tan arraigado por esos rumbos, tan venerado como hacedor de milagros y salvador por varios siglos de los habitantes de la región que lo mismo han padecido el azote de la peste, las invasiones de los belicosos vecinos (desde los protestantes alemanes hasta los musulmanes), las hambrunas recurrentes, los atropellos de austriacos y húngaros hasta llegar a la imposición del régimen comunista bajo la influencia de la ya desaparecida URSS.
la Princesa Polyxenia de Lobkowitz recibió, como regalo de su madre en su matrimonio, una hermosa estatua del Divino Niño procedente de España; la estatua era de cera, de 48 centímetros; El Niño Jesús está de pie, con la mano derecha levantada, en actitud de bendecir, mientras con la izquierda sostiene un globo dorado que representa la tierra; su rostro es tierno y gracioso; después de la muerte de su esposo, la princesa se dedicó a las obras de caridad; los religiosos de la orden carmelita en Praga, fueron favorecidos por la generosa asistencia de la princesa.
En el año 1628 estalló la guerra en Praga y el monasterio de los monjes fue reducido al extremo de la pobreza; en aquellos días, la Princesa Polyxenia se presentó a la puerta del monasterio con su estatua y dijo: “aquí les traigo el objeto de mi mayor aprecio en este mundo; honrad y respetad al Niño Jesús y nunca os faltará lo necesario”; la hermosa estatua fue colocada en el oratorio del convento; su túnica y el manto habían sido arreglados por la misma princesa y muy pronto sus palabras resultaron proféticas; mientras los religiosos mantuvieron la devoción al Divino Infante de Praga, gozaron de la prosperidad.
En 1631 el ejército de Sajonia entró en Praga y los Padres Carmelitas se trasladaron a Munich sin llevarse la estatua la que terminó arrojada a los escombros por manos de los herejes invasores; en el año 1635 terminó la guerra y regresaron los carmelitas a su convento en la ciudad de Praga pero las condiciones de vida eran muy malas; uno de los monjes llamado el Padre Cirilo regresó a Praga después de siete años y encontró la situación en la ciudad en pésimas condiciones; los ciudadanos corrían el peligro de perder hasta la fe.
Fue entonces que el Padre Cirilo, quién había recibido anteriormente gran ayuda espiritual por medio de su devoción al Santo Niño de Praga, quiso restaurar la devoción; con mucha diligencia el comenzó a buscar la estatua milagrosa; al cabo de cierto tiempo, el Padre la encontró entre los escombros detrás del altar, donde los invasores la habían arrojado; estaba cubierta por un manto; extasiado de alegría, el Padre Cirilo volvió a colocar al Santo Niño en su lugar, en el Oratorio donde los carmelitas lo veneraron con gran devoción y confianza; pronto se levantó el sitio impuesto por los enemigos y todos gozaron felizmente de la paz; la devoción al Santo Niño de Praga se generalizó hasta principios del siglo XVII.
Por su parte, nacido en el seno de una familia de comerciantes judíos, Franz Kafka se formó en un ambiente cultural alemán; su padre, Hermann Kafka, había obtenido una cómoda posición con un matrimonio ventajoso y pudo costear una buena formación para el primogénito en uno de los colegios alemanes de Praga; concluido el bachillerato (1901), el cabeza de familia lo obligó a cursar estudios de leyes, materia por la que nunca sintió el menor interés, y se doctoró en derecho en 1906; los años universitarios le dejaron tiempo para cultivar sus aficiones filosóficas y literarias; leyó a numerosos autores y conoció al futuro escritor y crítico literario Max Brod, con quien trabó una íntima amistad destinada a perdurar toda una vida; la personalidad enérgica y activa de Brod, totalmente opuesta a la del temeroso e introvertido Kafka, mitigó su soledad y su marcada tendencia al aislamiento.
Finalizados sus estudios, trabajó en diversos bufetes de abogados y, desde 1908, en una compañía de seguros de Praga; allí desempeño sus tareas con eficiencia y puntualidad, llegando a merecer un ascenso; sin embargo, carecía por completo de ambición profesional; el aburrido empleo (que no abandonaría definitivamente hasta 1920, a causa de su deteriorada salud) le ocupaba solamente las mañanas y podía dedicar las tardes y las noches a la literatura, su verdadera pasión.
La existencia atribulada y angustiosa de Kafka se refleja en el pesimismo irónico que impregna su obra, que describe, en un estilo que va desde lo fantástico de sus obras juveniles al realismo más estricto, trayectorias de las que no se consigue captar ni el principio ni el fin; sus personajes, significativamente designados con una inicial (Joseph K o simplemente K), son zarandeados y amenazados por instancias ocultas, materializadas en las autoritarias estructuras burocratizadas y anónimas creadas por la misma sociedad.
Así, el protagonista de El proceso no llegará a conocer el motivo de su condena a muerte, y el agrimensor de El castillo buscará en vano el rostro del aparato burocrático en el que pretende integrarse; ambos padecen la angustiosa desorientación, la impotencia y finalmente el sentimiento de culpa y desamparo frente a un mundo ininteligible y deshumanizado que escapa a todo intento de control y que acaba degradando y sometiendo al hombre.
Tan singular es la atmósfera que emana de sus más características narraciones, que incluso la lengua común ha incorporado el adjetivo kafkiano para referirse a una situación particularmente absurda y angustiosa; los elementos fantásticos o absurdos, como la transformación en escarabajo del viajante de comercio Gregorio Samsa en La metamorfosis, evidencian la alienación del individuo e introducen en la realidad más cotidiana aquella distorsión que permite desvelar su propia y más profunda inconsistencia, un método que se ha llegado a considerar como una especial y literaria reducción al absurdo (biografíasyvidas.com).
De visita en Praga era obligado recordar el poema de Pablo Neruda dedicada al legendario periodista checo que destacó en la resistencia antinazi: “por las calles de Praga en invierno, cada día pasé junto a los muros de la casa de piedra en que fue torturado Julius Fucik; la casa no dice nada: piedra color de invierno, barras de hierro, ventanas sordas; pero cada día que pasé por allí miré, toqué los muros, busqué el eco, la palabra, la voz, la huella pura del héroe; y así salió su frente una vez, y sus manos otra tarde, y luego todo el hombre fue acompañándome a través de la Plaza Venceslao, como un buen amigo; por el viejo mercado de Havelská, Por el jardín de Strahov desde donde Praga se eleva como una cosa gris.