En una ocasión, en charla con amigos afirmábamos que hay que entender qué es la amistad y qué es la política, porque por lo general no se llevan bien.
No se puede concebir que sea un amigo quien nos da “avión” y siempre aprueba lo que decimos; nos hace pensar que somos casi perfectos, que lo que decidimos es lo mejor para el mundo entero, y a la fecha no hemos conocido a alguien perfecto, menos en administración pública.
Henos sostenido que un verdadero amigo es el que le dice al gobernador cuando se equivoca, o cuando considera que las decisiones no son las mejores y que hay otras opciones; quien siempre le dice que está bien, o es un palero o un pusilánime que tiene miedo de perder su empleo.
Hace unos meses, con un conflicto creado por un funcionario menor, quisimos ver a su jefe inmediato, pero nos advirtieron más de tres personas: “no le toques el tema, porque no le gusta que hablen de su equipo de trabajo, y se puede enojar y te irá peor entonces”.
Esa persona siguió haciendo daño y haciendo mal uso de los recursos encomendados a su persona, porque no nos permitieron decirle a su jefe cuán deshonesta es.
Entendemos que un asesor del mandatario en turno debe ser alguien muy cercano, con la confianza necesaria para aceptar un “la regaste” o un “podemos buscar otra opción”, sin necesidad de aplaudir todo lo que pensamos o hacemos. Ese asesor debe ser, antes que nada, amigo del político en cualquier nivel.
Y la historia se repitió: simpatizantes de miembros de la clase política matamorense se pusieron histéricos por un comentario que refleja el enojo de muchos por las directrices tomadas. El sujeto en cuestión reaccionó con la hormona a tope, sin pensar que todos tenemos derecho a pensar distinto. No nos hace menos –ni más- amigos pensar igual o distinto. Somos personas distintas, por mucha cercanía que exista. ¡Vaya! Hay amigos que tienen preferencias políticas de derecha y sus esposas de izquierda, y no pasa nada. O en el fútbol, cuando somos aficionados de un equipo y nuestros amigos lo son del rival acérrimo: no tiene por qué verse afectada la amistad.
Y los que buscan la candidatura a gobernador lo deben entender: hay muchos arribistas que se han pegado a ellos porque no quieren ser despegados de la ubre presupuestal, y no por amistad, pero a veces se olvidan de ello y les dan tanta confianza como la que tienen sus amigos de todo tiempo.
Saludable resulta no tocar con los amigos los temas de política. Ahora que el PRI tiene varios candidatos, nuestros amigos tienen simpatía por varios, aunque una mayor por uno en especial, y eso no los hace ser enemigos nuestros si es que no coincidimos: nada sucede, solo es cuestión de respetar la ideología de los demás, y pedir respeto hacia la nuestra.
Tenemos la imagen de gente que ha abusado de su cargo y se ha quedado con recursos ajenos, aunque hay otras personas que opinan lo contrario, porque ese dinero mal habido lo han distribuido entre ellos, sus más cercanos amigos. Siempre hay dos criterios y se habla, como dice el refrán, de acuerdo a como la va a cada quien en la feria, para que nos entienda.
Sobre la honestidad de algunos siempre habrá duda. No es posible que en un lustro sean convertidos en muy ricos, y tenemos derecho a pensar eso, sin que ello quiera decir que la amistad con amigos comunes tenga que romperse.
El respeto a la amistad es lo principal, fuera de todo trato político, y es cuando aprendemos a valorar a la gente que realmente sabe lo que es ser amigo.
En ese tenor, los que gobiernan saben quienes les buscan por amistad o por dinero, y quienes, agachones, sirven únicamente para brindarles una sonora ovación por cualquier cosa.
Los amigos no hacen eso: ellos ayudan, orientan, llaman la atención, pero sobre todo, están con nosotros, a pesar de que concluya el sexenio.
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