Tema de todos los tiempos, de todos los gobiernos y de todos los seres humanos: el transporte público que nunca propicia un comentario que nos satisfaga por la calidad del servicio. No aquí, porque hay sitios en los que utilizar el transporte público es un gusto.
Y el tema tiene muchas variantes, siendo una de ellas la que nos afecta directamente a la mayoría y que se refiere a un incremento de tarifas.
Recordamos sus orígenes en la segunda época, cuando el doctor Emilio Martínez Manautou era gobernador y Alejandro Flores Camargo era de los principales promotores de este tipo de transporte.a
Cruzaban las colonias en unidades ilegales, vetustas, inservibles, pero iniciaban lo que hoy es el emporio de unos cuantos y que son las rutas de peseras existentes.
Se luchó y se consiguieron créditos que, muchos, no se pagaron nunca, pero que sirvieron para que tuviéramos el transporte público actual.
Se han venido solicitudes de aumento de tarifa en forma periódica, y las negativas de la autoridad argumentando muchas cosas, principalmente la afectación que habría en las clases necesitadas.
Y ahora vuelve el problema social, porque los concesionarios ya no pueden mantener esas unidades viejas, acabadas y con mil problemas de toda índole.
Claro, culpan a la autoridad de sus males, aunque sí tienen un poco de razón, pero entendemos que la principal causa siempre tiene que ver con el propietario.
Y si bien es cierto que el tema da para muchas jornadas de café, entendemos que hay un poco de culpa en varios sectores que han sido protagonistas de alguna manera.
Los peseros –así les decimos porque cuando iniciaron cobraban un peso- argumentan que las calles están deshechas y que ello ha propiciado fallas en sus unidades que suenan peor que chatarra, y culpan a la autoridad municipal de ello.
Claro, no consideran que las unidades requieren mantenimiento permanente, y que la culpa no es de la autoridad únicamente, sino que tiene que ver con el abandono que tienen estos muebles por parte de ellos: ni un cariño le hacen por años, y obviamente, hay consecuencias mecánicas.
Cierto: las calles han propiciado que la mayoría de nosotros tenga en lugar de carros en buen estado, vehículos a los que les suena todo, pero no podemos decir que únicamente es el tema el que debiera ocuparnos.
Los concesionarios –peseros- debieran hacer un esfuerzo por mantener vigente su fuente de ingresos; finalmente, quienes se benefician son ellos mismos, y buscar conductores capacitados y cuidadosos. No es concebible que las unidades se estén cayendo en pedazos, rayadas, maltratadas, rotas, y ellos no quieran hacer nada, sin hablar de su nula capacidad de comprensión social para conducir adecuadamente y dejar de ser lo que son para miles: temerarios al volante.
Si, se necesita aumento, que cueste más el servicio, pero… ¿Qué nos darán a cambio?
Porque en esta vida todo es así: qué me das, qué te doy.
Si nos ofrecen servicio de calidad, eficiente, limpio, adecuado, seguro, y procuran tener sus unidades en buen estado, si los prometen velocidades adecuadas, cero abusos y dobles y triples fila al conducir; si nos ofrecen conductores capacitados y más, entonces, nosotros les ofreceremos pugnar ante la autoridad para que les autorice ese incremento, y que entonces, todos pongamos de nuestra parte.
La autoridad, que arregle las calles que nos urge, ellos, buen servicio, eficiente y adecuado, y nosotros, los usuarios: cuidar lo que no es nuestro pero está al servicio de nuestros propios intereses.
Somos, probablemente, lo más importante del proceso.
El transporte urbano
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