Tiempos son de registro de candidatos y precandidatos en los institutos políticos; decimos los dos términos, porque ahora la ley contempla que deben ser precandidatos, aunque todos sabemos que son los que serán ungidos como candidatos al final de cuentas, es decir, la autoridad permite que los que jugarán en la elección tengan una campaña más amplia disfrazada de precampaña, y eso, aunque nos quieran decir que no es así, cuesta dinero y tiempo.
El caso es que los grupos de todos los partidos están ahora buscando su nominación a través de sus mejores hombres y mujeres, y cuando no surge el nombre esperado, comienzan los pataleos.
Un claro ejemplo lo hemos visto en Victoria, donde al surgir los nombres de los aspirantes a las diputaciones, grupos han comenzado a presionar. No estamos de acuerdo en los razonamientos que hacen para pensar que uno u otro no son los idóneos candidatos. En lo personal, tenemos una opinión sobre los dos hombres que ha postulado el PRI, y en uno de ellos, la opinión se verá reflejada en los comicios. Lo otro, no vale.
No participamos con un sugerido repudio del sector femenino a uno de ellos, porque sabemos que no es por ahí el reclamo. Las cuotas de mujeres están, desde nuestra óptica, mal entendidas, porque no se trata de poner en una candidatura a una mujer por el hecho de serlo, sino de valorar sus méritos ciudadanos –partidistas, y más- para poder aspirar a un cargo.
Tenemos el triste caso de aquella regidora victorense que ha tenido más infortunios que aciertos, y que ocupa muchos cargos por ser hija de quien es, y no por méritos propios. La gente que conoce de sus personajes sabe quienes merecen y quienes han llegado por recomendación, aunque, hay que decirlo, hay algunos hijos de recomendados que, si bien es cierto que llegaron por influyentísimo o nepotismo, han demostrado por méritos propios que con merecedores de la nominación que se les encomienda.
Otros, de plano, no niegan que si su pariente no les da el empujón no dejarán de ser juniors que juegan a ser políticos.
La vida le ha dado al columnista la oportunidad de conocer a Eduardo Gattás en otros tiempos y circunstancias; no hemos comulgado en algunos aspectos como suele suceder en una relación de amistad y cordialidad, pero de que Lalo es buen hombre, bien intencionado y que tiene ganas, nadie lo duda.
Su trabajo político no es de hoy, y la opinión muy personal -aclaramos, y respetable como cualquiera- es que Gattás puede hacer un buen papel como legislador y como servidor publico, porque ha demostrado tener merecimientos y ganas de hacer bien las cosas.
Es una persona entusiasta y sensible que bien puede servir al pleno del Congreso próximo, aportar mucho a esa legislatura, y seguramente, seguir creciendo en una carrera política que se ha estructurado en base a méritos propios y no porque tuviera un familiar por ahí que le recomiende.
Su carta de recomendación ha sido el trabajo de años, y quienes le conocemos como persona sin interesarse en la política, como empresario, como persona y como amigo sabemos que puede ser una de esas nuevas caras de la política que merece y necesita Tamaulipas.
Hartos estamos de los mismos de siempre, de las mismas caras, de ver en los sindicatos a los mismos líderes de hace 5, 10 o 15 años, los mismos funcionarios que solo se cambian el cargo.
Requerimos gente nueva, y no por cambiar, sino porque los que se rolan los cargos no han funcionado, y la prueba la tenemos a la vista.
A título personal, si Gattás es el candidato por el distrito donde deba ejercer mi derecho al voto, y si se ratifica su candidatura, puede Eduardo estar cierto que al día de hoy, seguro, ya cuenta con el primer voto efectivo. La idea es elegir lo mejor, y en ello hemos pensado muy bien la decisión.
Hay que dejar que lleguen los que quieren trabajar, los que lo merecen, y no los que únicamente nos caen bien, porque con simpatías no se gobierna.
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