Enemigos… ¿pequeños?

Varios refranes, cuentos y dichos populares hablan de lo anterior: “no hay enemigo pequeño”, “La Liebre y la Tortuga”, donde una confianzuda liebre es derrotada por la lenta y torpe tortuga que, insistente y tenaz logra llegar antes a la meta.
¿A dónde nos lleva lo anterior? A que no podemos confiarnos nunca en el resultado de las cosas sin antes experimentar todos los esfuerzos posibles, porque de otra forma, nos llevaremos sorpresas muy desagradables.
Hay quienes, amparados por un partido político o en forma independiente, buscan una gubernatura, una alcaldía o una diputación: todos tienen derecho siempre y cuando se apeguen a lo que marca la ley, y en ese sentido, se debe aplicar cualquier disposición con todo el rigor a todos los que decidan participar. No debe haber privilegios de ninguna especia, aunque tampoco cargarse la mano a otros.
Y en ese sentido, la competencia cada día es mayor y con un elevado grado de dificultad, gracias a que la ciudadanía se entera de mil y una cosas a través de las redes sociales, donde la gente se ha quitado el temor de decir lo que siente, para bien o para mal, y ha reflejado el verdadero sentimiento, ese que muchas veces se ahoga en una oficina que no muestra la realidad y hace un daño tremendo.
Los que gobiernan tienen colaboradores y cada uno se encarga de una función; imposible que el gobernador Egidio Torre esté pendiente de todo y resuelva todo lo que acontece en la entidad. Para eso le paga a sus secretarios, y éstos a su vez, tienen una muy elevada nómina de colaboradores quienes son los encargados de que las cosas se hagan.
La falta de semáforos o señalamiento en carreteras estatales no es culpa de Egidio, sino de quienes hacen caso omiso a su responsabilidad para hacerlo. De igual forma, si las escuelas tienen mal funcionamiento, el responsable es el secretario de Educación y no el gobernador.
Sucede como en el fútbol: siempre se culpa al entrenador, y a veces es el que menos errores comete.
Pero resulta determinante que quienes se encargan de hacer sondeos y ver qué dice o piensa la gente sean directos y digan a sus jefes la verdad, sin ocultar, por miedo a perder su “chambita”, la verdad, por muy dura que sea.
Tenga por seguro que se agradece más una visión negativa y real que una que parezca cuento de hadas y exista solo en la cabeza de un jefe de imagen o un asesor: es mucho mejor saber donde se pisa y qué se pisa, pues.
Y es donde los colaboradores, esos que han vivido magníficamente por más de cinco años, deben devengar su salario y ser honestos consigo mismos, y en lugar de voltear a ver quien es el más cercano allegado al candidato, cumplir con el trabajo para el que se les paga, y a veces –casi siempre- demasiado bien.
En el último año de gobierno, la administración debe consolidar sus proyectos y obras, y cerrar fuerte, con sus actividades a tope, sin dejar adeudos –o los menos que se puedan- al siguiente gobernador, pero no pueden confiarse en la palabra de uno o dos personas, sino que tienen que hacer algo por conquistar la verdadera voluntad popular, la que sí cuenta en las urnas, que emana de cada uno de los que manchamos nuestro dedo con esa apestosa y terrible tinta indeleble, para elegir a los que nos gobernarán.
Es tiempo para mostrar las lealtades y hacer bien las cosas, pensando que cualquiera que esté en la contienda les puede ganar a todos: no deben sentirse triunfadores en tanto no se haya calificado la elección, como premisa fundamental.
Antes de ello, lo que digan o declaren, es simple y mera utopía. Hace falta que no se crean invencibles, sino que se demuestren a sí mismos que pueden serlo, pero con acciones reales, sin tapujos, sin máscaras… sin mentiras, pues.