Hipócrates, ¿se jubilmicos, de dinero, riste es ver especialistas convertidos en verdaderos captantes de recursos econrespeto que a los autores de suó?

Triste, la verdad, pero pareciera que la historia ha olvidado un acontecimiento de suma importancia: la jubilación de Hipócrates, aquel famoso personaje cuyo talento quedó de manifiesto, entre otras cosas, por su sentido humanitario y precioso, que dio pie al llamado “Juramento de Hipócrates”, y que se utilizaba como base de la guía del comportamiento profesional de quienes se dedican a la medicina desde siempre.
Y decimos que es muy triste, porque hoy en día vemos pocos profesionales de la medicina que han decidido abrazar esta noble y sacrificada profesión en aras de hacer el bien. Entendemos que todos estudiamos para tener una profesión, un “algo” qué hacer en la vida y del que podamos vivir decorosamente, en base a nuestro esfuerzo personal.
Hemos vivido algunas experiencias poco gratificantes con profesionales de esta actividad que Hipócrates consideró importante.
En el texto juraba el profesante, por Apolo, médico, por Esculapio, Higía y Panacea que observaría una conducta adecuada, poniendo todo su empeño, fuerza e inteligencia para tributar a su maestro de medicina el mismo respeto que a los autores de sus días, partiendo con ellos su fortuna y socorrer a quien lo necesitare.
Tratar a sus hijos como hermanos, instruir con preceptos, lecciones orales y otros métodos de enseñanza a sus semejantes.
“Estableceré el régimen de los enfermos de la manera que les sea más provechosa según mis facultades y a mi entender, evitando todo mal y toda injusticia”; pasaré mi vida y ejerceré mi profesión con inocencia y pureza. No ejecutaré la talla, dejando tal operación a los que se dedican a practicarla.
“En cualquier casa donde entre, no llevaré otro objetivo que el bien de los enfermos; me libraré de cometer voluntariamente faltas injuriosas o acciones corruptoras y evitaré sobre todo la seducción de mujeres u hombres, libres o esclavos”.
“Guardaré secreto sobre lo que oiga y vea en la sociedad por razón de mi ejercicio y que no sea indispensable divulgar, sea o no del dominio de mi profesión, considerando como un deber el ser discreto en tales casos. Si observo con fidelidad este juramento, séame concedido gozar felizmente mi vida y mi profesión, honrado siempre entre los hombres; si lo quebranto y soy perjuro, caiga sobre mí la suerte contraria”, reza el presente juramento, y nos hace recordar a aquellos mezquinos, modernos fariseos que lucran con la profesión y solo se dedican a atender a quien tiene dinero, dejando el lado humano de su profesión por donde no se toca.
Esos que necesitamos por sus estudios y que se venden con laboratorios y empresas que les regalan vacaciones y cosas a cambio de que receten sus productos, no los mejores, sino los que les “sugieren” en detrimento del bolsillo del paciente.
Son esos malos médicos que, estudiando para ser mejores lucran con la salud y juegan con nuestro bienestar, dejando a un lado el que puedan curarnos, manejando tratamientos costosos y de larga duración para que no se les cierre el cuerno de la abundancia que significamos.
Los enfermos crónico degenerativos somos quizá el mejor de los negocios, y por eso nos cuidan, pero cuidan que no nos curemos para que siempre estemos ahí, pagando por una receta o un “lo veo después”.
Y ante ese panorama, cuando los que estudian una especialidad omiten el cumplimiento del juramento de Hipócrates, no nos queda más que resignarnos a morir, pero no en sus manos, porque además de morirnos nos vamos a quedar pobres.
No son dignos de ser herederos o hijos de Hipócrates, esos, una inmensa mayoría, que lucran como lo hicieron los fariseos en su tiempo, con el bien de los demás.
Esos no merecen ser médicos. Son vulgares mercaderes de la salud.

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