Dime con quien andas…

Uno de los grandes y graves problemas de políticos y servidores públicos ha sido el hecho de rodearse de gente que no tiene idea de lo que es servir a los demás, humildad, sencillez y honorabilidad. Ese ha sido el problema por el cual se dicen tantas cosas de quienes llegan a gobernarnos. Y el problema sigue exactamente igual.
Pensamos que no serviría de mucho, por ejemplo, tener un gobernador que salga con una escoba a las calles emitiendo palabras altisonantes, cuando la corrupción seguiría a todo lo que da, por los nexos y relaciones naturales.
Pensamos, también, que no serviría de nada tener un buen gobernante que es asesorado por esos que han saqueado al presupuesto por años y no se les ha castigado por una terrible complicidad existente en la opinión pública, y en una ciudadanía que sabe de lo pillos que han sido, pero no dice nada en forma oficial y se limita a críticas de café.
Hoy, los candidatos tienen ese riesgo como ha sucedido por años: el tener en sus equipos de trabajo a gente cuya honorabilidad está puesta en duda enorme, cuya participación se refiere a la ubicación en puestos de sus amigos y no de la gente que necesariamente debería estar aportando sus capacidades en bien de la causa y del mismo estado y, por consiguiente, de todos nosotros.
Y sucede a menudo que los que están en la primera línea con el candidato tienen en su equipo a verdaderas estrellas, es decir, esa gente de tercero o cuarto nivel que siente que la vida le debe y tiene que “castigarnos” con su desdén, con sus actitudes despectivas, como si de verdad valieran lo que creen que valen como personas.
Dice un viejo refrán que el mejor negocio del mundo es comprar a un colaborador de estos en lo que vale… y venderlo en lo que cree que vale.
Cuando Martínez Manautou fue gobernador se rodeó de gente que se pensó “bordada a mano” y blindaron sus oficinas para que la “chusma” no interrumpiera sus labores; Américo Villarreal mostró qué es gobernar con sentido común y popular, haciendo de su gestión una verdadera intercomunicación entre autoridades y ciudadanía. Igual sucedió con Eugenio Hernández Flores o con Tomás Yarrington, cuyos equipos de trabajo se conformaron por gente que se pensó normal. Nada de div@s polític@s.
Y siempre que alguien busca la gubernatura corre esos riesgos: conformar un equipo con gente capaz, buena, sencilla, entusiasta… pero también pueden llegar esos vividores del presupuesto que ya están mostrando el cobre, y en un pequeño puesto dentro del equipo de campaña ya ignoran a los que tendrían que considerar, ya hacen menos a algunos y privilegian a otros, logrando incrementar los comentarios adversos no a ellos, porque, finalmente, quienes les conocemos sabemos su poca calidad humana, sino la de su jefe, a quien, en caso de ganar, le deberán la “chamba”.
Y decimos “chamba” porque no pueden aspirar a un trabajo formal porque no tienen esa capacidad humana ni profesional. expert@s en el chisme y el amiguismo, podrían ser un factor de barrera existente en la conformación de la próxima administración estatal.
Conforme pasan los días de campaña vemos información de toda índole, aunque dicho sea con toda franqueza, entendemos que el factor humano ha sido ubicado en segundo término, y en aspectos de imagen y manejo de ésta, en cuando a la información y más, entendemos que resulta totalmente prioritario atender este rubro.
Porque, de otra forma, cuando los bajen de ese pedestal y los saquen de su burbuja estéril a reclamos y necesidades sociales y gremiales, se darán cuenta que mientras estuvieron pudieron hacer a sus amigos y a ellos mismos la ilusión de ser bien remunerados, aunque eso haya durado unas cuantas semanas, gracias a su falta de capacidad humana y sencillez.
El candidato, sinceramente, merece mejores personalidades, porque merece un mejor resultado, y que no le hagan tener que luchar a contracorriente.
Y sería bueno que les cuide las manos a es@s, cuya deshonestidad es manifiesta.