No podemos más que sentirnos tristes, y muchos lo estamos por la misma razón: Ramón Durón Ruiz se nos adelantó en el camino, aunque la forma no fue la que muchos esperamos que llegue algún día.
La inconsciencia de una persona a quien dejan en sus manos un volante, y lo dejan como cualquier terrorista con un lanza-granadas, acabó con la existencia de quien tomó la personalidad del popular “Filósofo de Güemes” para desarrollar una carrera distinta a la que le conocimos cuando más joven.
Ramón, como muchos sabemos, fue dirigente juvenil del PRI en sus años noveles, funcionario de diversas dependencias, diputado y muchas cosas más, pero la carrera política y administrativa de Durón es de la población conocida, y el juicio popular le ha ubicado en el lugar que merece, y la gente habla de Ramón de acuerdo a la forma en que le ha conocido, tratado o recibido algo de este personaje tan especial
Ya semi retirado de la vida política, Ramón dedicó la mayor parte de su tiempo a escribir algunas obras en las que pretendió filosofar sobre su impresionante amor a la vida y las razones que debiéramos tener cada uno de nosotros para atender este rubro tan especial y tan olvidado.
Nos enseñó muchas cosas, pero una muy importante, y probablemente haya sido la mayor cosecha de su vida, fue la de sembrar amigos por doquier.
¿Enemigos? Seguramente alguno o algunos no podrán hablar del victorense como la mayoría, pero si estamos ciertos que dejó miles de amigos a su paso, y beneficiarios de sus charlas formales e informales.
El ser humano, Ramón, despertó para muchos inquietudes que nos llevaron a hacer algo distinto en la vida, y eso se agradece de todo corazón.
Hemos leído un sinnúmero e anécdotas sobre este singular personaje victorense, y la verdad, entiendo que muchos podemos contar una o más historias al respecto que hablan de su calidad humana, de su capacidad profesional y política, y de su don de gentes.
Es Ramón Durón motivo de encuentros y desencuentros sobre su labor profesional y literaria, pero es un hombre que se conoce por diversas facetas.
Un accidente cegó la vida de quien su nombró por años “El Filósofo de Güemes”, lejos de su tierra natal –Victoria-, cumpliendo encargos políticos para su partido, al que sirvió durante más de tres décadas.
Duele saber de la partida de una personalidad, más, de un amigo, y de un ser humano que se caracterizó en sus últimos calendarios por ofrecer la parte humana y solidaria a muchos que tuvimos necesidades fuertes.
No se pueden olvidar los momentos que nos hizo reír por sus trabajos o sus palabras que tenían siempre una ocurrencia, como lo hubiera hecho el Filósofo de Güemes en sus tiempos.
Con Ramón Durón queda una generación trunca, una generación de personajes que hoy en día, dentro de la política, quedan muy pocos, y que han tenido que dar paso a los jóvenes y entusiastas políticos de hoy, pero que no aprendieron muchas de esas cosas que debieron saber desde pequeños: el trato para con los demás.
Se extraña en un partido político el hombre que trata como personas a todos y baja de un supuesto pedestal, con la sencillez que hoy no tienen nuestros políticos y gobernantes, y que, cuando llegan, se olvidan de lo terrenal para querer confundirse con lo divino, ignorando a sus semejantes.
Una de las grandes virtudes de Ramón era precisamente su facilidad para integrarse a cualquier grupo social, cualquier ambiente. A cualquier cosa.
Una profunda tristeza nos embarga con la partida del amigo, pero entendemos que estará mucho mejor que nosotros en un plano espiritual donde no hay inseguridad, ni guerra negra… ni hampones.
Descanse en paz, Ramón Durón Ruiz, el amigo, el hermano.