45 años. Jueves 10 de julio, los mexicanos vivimos la triste experiencia de ser nuevamente un pueblo victimizado por un genocidio de estudiantes, principalmente de las tres casas de estudios superiores en la Cd. de México: la UNAM, el IPN y la Escuela Nacional de Maestros.
Los hechos suceden a menos de un año en la Presidencia de la República, Luis Echeverría Álvarez. Ex Secretario de Gobernación en la masacre de 1968.
El escenario fue una zona donde se combina la vivienda y las escuelas de todos los niveles, desde preescolar hasta la profesional. La masacre: La esquina de la Av. de los Maestros en su cruce con la calzada México-Tacuba; Y en el edificio de la Benemérita Escuela Nacional de Maestros (BENM), en la Cd. de México. Ambos con resultados sangrientos.
La BENM, se fundó el 24 de febrero de 1877, inaugurada por el Presidente Porfirio Días Mori, con el nombre de Escuela Normal para Profesores de Instrucción Primaria. Inicialmente nace como internado para varones que después de haber concluido sus estudios de secundaria, ingresaban a esta escuela para estudiar como profesores de educación primaria.
Desde su fundación la Benemérita institución ha egresado a miles de profesores de educación primaria, modificado sus planes de estudio según las reformas de la política educativa.
En 1969 la Secretaría de Educación Pública (SEP) aumentó un año a los tres con los que egresaban los normalistas, por lo que a partir de la generación 1973 egresaron con cuatro años de estudios, después de la secundaria.
Un normalista de esta época oscilaba entre los 15 y los 21 años de edad en promedio. Edad soñadora, de ilusiones, de vida justa y de justicia social, juventud impetuosa, pero… en ése período negro de la historia interna del país -1968-1971- las generaciones de jóvenes vivieron la masacre estudiantil de 1968.
Rojo Amanecer es la cinta cinematográfica mexicana que retrata magistralmente el pésimo episodio del país vivido el 2 de octubre, donde un número indeterminado de estudiantes, civiles: ancianos y niños, mujeres embarazadas y hombres de trabajo, murieron o desaparecieron ante la saña del estado por acallar voces.
Los granaderos contuvieron por medio de las balas y bayonetas, voces que gritaban ¡justicia!, ¡renuncia!, ¡becas!, ¡destituciones de jefes policiacos represores!, ¡diálogo!, ¡libertad!… Pero también silenciaron con la muerte a mexicanos que nada tenían que ver con las exigencias estudiantiles.
Los escenarios del 2 de octubre y del 10 de junio fueron muy similares: militares, paramilitares, caballería, estudiantes y civiles inocentes que terminaron muertos, heridos o desaparecidos.
El Jueves de Corpus, de ése 10 de junio, los estudiantes organizados se reunieron en las instalaciones del Casco de Santo Tomás del POLI y tenían planeado caminar por la Av de los maestros y llegar hasta el Palacio Nacional para exigir al presidente Luis Echeverría Álvarez (1970-1976), esclarecer el genocidio de Tlatelolco el 2 de octubre de 1968. Solo que su paso fue interrumpido por las fuerzas armadas del Estado.
Narran los testigos que los patios, estacionamientos y las propias aulas, se llenaron de sangre, sangre estudiantil y de cuerpos inmóviles que fueron arropados con la sábana de la muerte y coronados por las balas de las fuerzas policiales.
¿Cuántos muertos y heridos hubo el 10 de junio de 1971 en la Nacional de Maestros? Nadie pudo contarlos. Nadie se atrevió a levantar la mirada ante el miedo de caer abatido.
Cuarenta y cinco años se cumplieron apenas este viernes… Cuarenta y cinco años de impune silencio nacional, porque los controles gubernamentales fueron férreos candados para la libre prensa. Solo la Revista ¿Porqué? publicó amplios reportajes y fotos inéditas.
Esta vez no hubo corresponsales de la prensa extranjera que cubrieran una Olimpiada. Y otra vez, los estudiantes pretendieron exigirle cuentas al gobierno federal.
10 de junio de 1971 y Jueves de Corpus Sangriento, son los títulos de los libros que tienen la mejor narrativa de este hecho y por el que las autoridades judiciales declararon extemporaneidad.