Nadie sabe lo que tiene…

Reza el viejo refrán que “nadie sabe lo que tiene hasta que lo ve perdido”, y se ha aplicado casi siempre a aspectos sentimentales: falso. Es aplicable a todo, y una clara muestra es ver la cantidad de personas que siguen lamentando los resultados electorales de junio 5, donde la historia marca un nuevo rumbo.

Pero quisiéramos aplicarlo al sector sanitario: nadie sabe qué tan importante es la salud, hasta que llega el día en que tiene una enfermedad, un accidente o algún evento que cambia totalmente sus vidas.

Cuando tuvimos el accidente que ocasionó una pequeña pero significativa fractura en el húmero derecho, nos dimos cuenta de qué tan importante es el poder utilizar las manos y brazos para todo.

Si usted de diestro o zurdo, intente lo siguiente: amárrese la mano con la que hace casi todo en su vida y trate de desarrollarse con la otra en forma normal; verá qué tan difícil resulta lo anterior, porque no capacitamos a nuestro organismo a funcionar sin un miembro o extremidad.

O cuando nos diagnostican hipertensión o diabetes, un problema cardiovascular o un problema de columna, provocado por mala postura de años, o porque nunca tuvimos la atención de cuidarnos, es entonces que valoramos lo que significa el término ”salud”.

Tuvimos que batallar mucho para vestirnos, para comer, para manejar y llevar una vida dentro de los parámetros de la normalidad. Nada fácil, sinceramente.

O cuando el resultado de los análisis dice que hay un diagnóstico de hipertensión arterial o diabetes mellitus, es cuando pensamos en el desastroso “hubiera” y añoramos los días en que alguien nos dijo “cuídate”, “baja de peso”, “chécate periódicamente” y muchas cosas más.

No hicimos caso, y sucedió lo que debía. O como decía José Luis Castillo: “hubiera es sinónimo de me apen…”

Es entonces cuando tenemos que aprender a dar el valor que tiene cada cosa y situación, y en la salud no podemos estar jugando.

Cuando entramos en la cuarta, quinta o sexta década es cuando nuestro organismo resiente esos sentados inadecuados, las posturas chuecas, el desvelarnos mucho, o el no hacer ejercicio periódicamente: el cuerpo se atrofia si no lo consentimos y le damos lo que requiere.

Sucede todos los días: cheque usted que está sentado en redes sociales todo el día, y verá que sus piernas están débiles, que no tiene la misma fuerza que antes, y que batalla para hacer muchas cosas.

Es cuando decidimos salir a caminar, con la cabeza canosa o con escasa cabellera, la piel arrugada y una panza que da miedo…

Si todos ponemos atención, estas cosas se pueden prevenir en un porcentaje altísimo, y solamente necesitamos ordenar nuestra existencia en cuanto a horarios de trabajo, comida, recreación y descanso; alimentación y estrés, actividades sociales y culturales y todo lo que concierne a nuestro desarrollo.

Es como decir que se ha llegado el tiempo de poner entusiasmo en nuestra existencia.

Porque luego cuesta muchísimo dinero componer lo que descompusimos por nuestra necedad de permanecer en la total y completa flojera, el sedentarismo, la peor de las formas de atrofiar el cuerpo humano, esa maravillosa máquina que tenemos cada uno de nosotros, y que está destinada a cosas muy grandes, pero hay que darle mantenimiento, cuidarla y consentirla.

Es muy importante visitar al médico de confianza y pedirle su apoyo. No hagamos las cosas al vapor, al “ahí se va”, sino pongamos el cariño que merece este único y original cuerpo humano que tenemos. Conservémoslo bien, para que siempre nos “funcione” adecuadamente, y no tengamos que padecer enfermedades graves, incurables o simplemente, muy molestas.