Aunque la nota no es reciente, se publicó hace casi dos años, me parece de relevancia que los maestros de escuela, por fin, sean amparados contra los riesgos de su ejercicio profesional.
El caso es que una madre de familia fue sentenciada a cuatro años de prisión, sin derecho a libertad, por haber agredido al director de la escuela donde estudiaba su menor hijo, según lo publica la periodista Valeria Musse, del periódico La Nación.
Lo extraordinario es que esto pudiera suceder en alguna ciudad, pueblo o ranchería de nuestro México lindo y querido. La realidad es que se vivió en la lejana tierra sudamericana de Argentina.
Según la nota de Musse, los hechos sucedieron en la ciudad de Pergamino, en la provincia de Buenos Aires, a poco más de 200 kilómetros de la capital de aquél país que hacia el censo del 2010, esta localidad registró 91 mil 399 habitantes y se cataloga de importancia regional en los contextos político, económico y cultural.
Centrándonos en el caso que nos ocupa, resulta que el agredido director, de nombre Ricardo Fusto declaró, al saber el veredicto que “Ojalá el encarcelamiento sirva como ejemplo para que los docentes se atrevan a denunciar este tipo de hechos”.
Y agregó, según la periodista,: “La comunidad educativa no solo de la región sino del magisterio argentino, puede sentirse segura por el accionar de la justicia hoy. Estoy muy conforme con la actuación de los juzgadores”.
El profesor agredido dirigía una escuela secundaria en la ciudad de Pergamino, el día de los hechos se presentó la señora Susana Enríquez, madre de un alumno quien insultó, amenazó y agredió al docente en su propia oficina con un “palo”, acto que imitó el estudiante de 15 años de edad.
Ricardo Fusto declaró a la prensa que intentó defenderse con un banco y de esa manera consiguió salir de la dirección escolar, pero la furiosa madre y el alumno siguieron pegándole hasta que la víctima cayó al piso y perdió el conocimiento.
En las investigaciones salió a relucir que el estudiante se caracterizó por tener problemas de conducta, aunque algunos compañeros y profesores coincidieron que ellos jamás tuvieron problemas con el chico.
El director agredido sí había tenido varios problemas con el joven, lo que lo motivó a solicitar que el menor fuera a la institución acompañado por su madre. Al parecer, tenía pensado comunicarle a la mujer la mala conducta del joven y un posible traslado a otro establecimiento.
El profesor agredido no sufrió solo daños físicos que le causaron los golpes de madre e hijo, sino que la autoestima del docente se vio humillada con el resto del alumnado, sus compañeros de profesión y con la misma comunidad, por lo que Fusco no volvió a la escuela.
Me parece que hay cosas que debemos, como mexicanos, tener en cuenta en nuestro sistema judicial e incluso en la formación profesional de los docentes y me refiero concretamente a la cultura de la denuncia.
Es cierto que la conducta de algunos estudiantes es negativa que incluso es mal ejemplo para sus propios compañeros, también debamos reconocer que existen padres de familia -hombre o mujeres-a quienes se les conoce por su agresividad en el barrio.
Las autoridades de la SET o el mismo sindicato de maestros cambian a los maestros de escuela y hasta de ciudad, para evitar que los problemas con los padres de familia continúen.
El fallo en la ciudad de Pergamino en la lejana Argentina debe sentar un precedente no solo en aquel país, porque se debe luchar contra la violencia a los docentes.
México tiene memoria de algunos maestros mexicanos -incluyo a tamaulipecos- que han quedado confinados a una silla de ruedas o una cama de hospital y hasta en el panteón por las agresiones físicas sufridas en el desempeño de sus labores profesionales, tratando de educar a malos estudiantes.
Comentan algunos profesores cuestionados sobre el tema. “…Se piensa mal del maestro que se queja del estudiante… no es cuestión de saber educar bien a los niños o a los muchachos… si puedo, pero mejor me doy la vuelta para no faltarle al respeto…”