Nuevo Laredo, Tamaulipas.-Rodolfo Martínez Páez es un hombre que a sus 91 años de edad aún le tiene amor a la vida, ya que todos los días y desde que era un niño, atraviesa la ciudad a bordo de su peculiar vehículo; un carruaje rudimentario de madera jalado por un burro de nombre ‘El Indio’, para buscar el sustento diario.
De manera casi religiosa, Rodolfo, sale desde las 6 de la mañana de su domicilio ubicado en la colonia Buenavista, y desde allí se traslada al otro extremo de la ciudad, en la colonia Viveros, para iniciar su recorrido y regresar ya entrada la tarde, pero cargado de diversos objetos que la gente le obsequia y que vende entre sus conocidos.
“Nomás salgo con mis conocidos en donde viví antes, en la colonia Viveros, y me regalan algo, aunque a veces hay y a veces no hay”, menciona con una voz muy audible pese a su avanzada edad.
Delgado, de piel blanca e infinidad de surcos en rostro y manos que evidencian su edad, este hombre repite el mismo recorrido todos los días, como si en él recordara sus años de juventud al lado de su querida esposa ‘Esther’ que falleció hace cuatro años a los 70, y era quien le acompañaba en su diario peregrinar.
Ahora lo hace solo y se encomienda a Dios, a quien le pide no le deje un solo día sin comer. Y así retorna a su hogar luego de varias horas de penoso camino, con algo que comer y algo que vender, con la compañía de ‘El Indio’, que a paso lento avanza, aunque en ocasiones le jala la rienda para que no se desboque y evite lastimar los aún fuertes brazo de este hombre.
Recoge ropa, muebles, fierro, zapatos y cosas que la gente ya no utiliza, lo que en su colonia vende, o en alguna de las pulgas cercanas, y de eso saca para su sustento.
“Hago dos horas de ida y dos de regreso, y en el camino me regalan cosas que vendo para poder comer”, refiere mientras ‘El Indio’ le da un jalón al carruaje.
Comenta con algo de broma que tenía otro burro de nombre ‘Filemón’, el que se robaron unos sujetos, y al que hicieron chicharrón, menciona luego de hacer una mueca que quiso ser carcajada, per que terminó en una agradable sonrisa.
“Ahora no lo saco. Lo amarro bien fuerte ´para que no me lo robe, ya que el otro se iba a los solares y allí me lo robaron”, comenta con gracia su anécdota.
De la colonia Juárez
Nació en la colonia Juárez en 1924, en los albores de la Revolución, y de niño estudio en una escuela que dijo se llamaba El Cuartel del 20, tal vez en alusión a la gesta revolucionaria que llegó hasta Nuevo Laredo, la que actualmente se conoce como Escuela Club de Leones.
De su juventud dice que conoció mucha gente, pero que no le interesaba la política, porque desde muy niño trabajó en diversas labores en un carretón similar al que ahora tiene, y señala que un tío suyo de nombre Eulalio Páez, fue comandante, aunque no recordó de que corporación.
Son muchos los años y los cambios que ha vivido en la ciudad, pero dice que para él todos son iguales, porque siempre ha tenido que trabajar duro para poder comer, aunque aclara que hace 30 años, cuando vivía por la calle Bolívar, cerca del río Bravo, le iba mejor que ahora, ya que además de los burros, tenía más de 30 marranos, gallinas y patos para engorda, “pero algunos agarraban para el río y ya no regresaban”, señala.
“Antes era leñador y aguador porque antes no había gas ni agua en las colonias, y vendía agua en una barrica, pero cuando no había leña, iba por pastura a la calzada de los Héroes y entregaba hasta tres viajes diarios”, explica.
El carretón que utiliza no es el único; tiene otro que le regaló uno de sus hermanos, pero el que utiliza está en mejores condiciones, por lo que es el que más usa para sus tareas diarias, aunque ocasionalmente le tiene que hacer reparaciones para que aguante.
Así es la vida de este hombre desde que tiene memoria, ruda y llena de sacrificios, pero sano porque nunca ha enfermado, “solo gripitas y nada que me lleve a la muerte, solo dolorcitos que se me quitan”, expresa con franquesa.
Una vez terminada esta charla, el hombre suelta la rienda al Indio, y retoma su camino por la calle Independencia, a paso lento, pausado, como si al burro, al igual que a Rodolfo, tampoco le importara el paso del tiempo, al que tiene vencido hasta el momento.