Reynosa Tamps….En la vivienda marcada con el número 202 de la Calle Beatriz Anaya en la Colonia Américo Villarreal. Las mañanas de cada día no inician con la actividad de ir a la escuela o al trabajo como en la mayoría de las familias. Aquí da inició una lucha por la supervivencia que solo se aligera cuando a la mesa llega un poco de alimento que entre la pobreza y carencia evidente que se ha posesionado de la humilde vivienda, aminora un poco la pesadez del abandono de una madre que se fue hace dos años y que dejó a una abuela con ceguera y dos niñas que vagan por las calles pidiendo la cooperación de la comunidad.
En esta familia los temas cotidianos no es saber cómo se va en la escuela, que novedades han llegado al barrio o a donde ir a pasear y disfrutar el fin de semana. La atención de todos-principalmente de Alejandra de 7 años- Está centrada en la lucha sin cuartel contra el destino que pareciera despreciarlos y que con su mano helada y rasposa los llena y agobia de necesidad de lo más elemental para ser como el resto de las familias. Aquí el tiempo se mide por olvido y tristezas acumuladas. Las horas transcurren con aparente normalidad, pero ensanchando una justicia social que no termina de entrar a este hogar.
Alejandra se encarga desde hace tiempo de vagar por las calles de la colonia, invocando la ayuda de los vecinos que generosos a veces comparten, a veces tampoco hay para dar. Ella abandonó la escuela y asumió el rol de jefa del hogar. Doña Carmen Zavala de la Cruz –su abuela- se queda en casa. Es completamente ciega y la discapacidad la comparte con su hermana Martha, ambas aguardan por los resultados de la empresa diaria de Alejandra de conseguir que traer a la mesa.
Nereyda es una niña de 11 años. Asiste a la Escuela Primaria del sector va en Quinto Grado, pero igual
sabe que la necesidad es latente, aun yendo a la escuela, no tiene tenis ni zapatos, acude con unas viejas y gastadas zapatillas como sus sueños.
En la vivienda, apenas hay lo indispensable, un par de camas con colchones sucios y escasas sabanas y cobijas, imposibles de ocultar la necesidad, pero que en las noches dan el cálido abrigo de hacer olvidar por unas horas la evidencia de su realidad. Ahí descansan en espera del nuevo día y reanudar esa lucha a la cual se han habituado y en donde no hay aliados con quien compartir ni recibir el aliento de esperanza ansiado.
Así transcurren las horas, días, semanas, meses y años. Lejano el día que la madre los abandonó para buscar sus propios sueños, dejando tras de sí una pesadilla que ha envuelto a toda la familia y que las mantiene cautivas sin promesa-hasta ahora- de revertir esa suerte aparentemente sellada.
Son una familia de tantas, como de esas que abundan por las barriadas de la periferia de la gran ciudad, son tan solo unas niñas con una abuela y tía invidentes que a pesar de su adversidad se han mantenido unidas, con la entereza y dignidad que da la soberbia de la pobreza, lo que se han propuesto es el resultado del esfuerzo que comparten con muchas familias más. Unirse en la necesidad y la carencia, afianzar su lazo afectivo y así derrotar juntas a la historia. A esa historia predestinada por su destino, pero que como en todo acto de voluntad es perfectible y posible de…..Cambiar.