Afloran excesos

No cabe duda que los excesos son malos en todos sentidos, y para muestra, cuando vamos a alguna fiesta o reunión y nos presentan una deliciosa carne asada, o unos frijoles charros hechos al estilo José Luis Morales Águila, y cometemos los excesos que nunca debimos presentar.
Y vienen las consecuencias: malestar estomacal, enfermedades gastrointestinales y demás, y eso sucede siempre que comemos de más. Sucede también cuando nos vamos al gimnasio y hacemos más de lo que nos sugieren los que saben, y nuestros músc8los, tendones y ligamentos reniegan de el forzoso trato, exhibiendo calambres y más aspectos incapacitantes.
Quien pasa la vida sin actividad social leyendo únicamente, se convierte en un ermitaño, en un anacoreta que no tiene idea de lo que es la vida y para qué se vive.
Y otros, cometen excesos administrativos abusando de sus cargos populares o de elección, y no pueden disfrutar sus bienes: son altamente cotizados entre el sector que se encarga de actos fuera de la ley, mantienen enemigos por sus gastos desmedidos, y cuando concluyen, tienen que regresar a todos los comisionados a sus oficinas, teniendo que pagar un mantenimiento que durante seis años no pagaron, y que están acostumbrados a no hacerlo.
Un alto funcionario declaró al columnista en entrevista grabada que “cambian muchas cosas; por ejemplo, voy a tener que comprar una camioneta que no hacía desde hace seis años en que no me costaba ni el mueble, ni la gasolina ni nada. Ahora, mis hijos van a tener que acostumbrarse a vivir de otra forma” (sic).
Es una de las grandes muestras de cinismo en exceso, que también hace daño, porque con esas declaraciones no puede la opinión pública tener una buena impresión de estos sujetos que vivieron como sultanes, y pretenden hacerlo más ahora que estarán fuera de un presupuesto manejado a su antojo, sin una vigilancia escrupulosa, merced a un Congreso servil y agachón que aprobó toda cuenta pública existente, o al menos, esa es la idea que tiene el ciudadano que trabaja todos los días para llevar algo a su hogar.
Y salen a flote las residencias ostentosas que, seguramente, no lucirán ni gozarán, porque sus hijos, becados sin méritos en grandes escuelas, se habrán ido a vivir a otros sitios con la parte de “herencia” presupuestal que les dejaron en cuentas bancarias, y ellos, solos con su pareja, estarán como las ratas en un desván: con todo el espacio para ellos solos.
Pero a algunos la vida les pasará factura tarde o temprano: en algunos casos, han tenido que ver y vivir casos personales inhumanos que tienen que ver con los hijos y la maledicencia de sentirse un poco humanos, demostrando con sus actos lo bárbaros, salvajes, inhumanos y desdichados que han sido, dejando en su camino, inclusive, vidas inocentes.
Otros, seguramente, y como dijeran los sacerdotes: lo pagarán, porque antes de partir de este mundo todo se paga, o al menos eso decía la abuela hace muchos años.
Sin embargo, insulta y ofende ver esas casas tan fastuosas que se construyen aún en el último “estirón” presupuestal; los gastos desmedidos que durante meses hubo que atender, y la falta de apoyo a quienes verdaderamente necesitaron un apoyo.
No podemos generalizar: el gobierno ayudó a mucha, pero mucha gente en todos los rubros: salud, educación, vivienda y más, pero no podemos, tampoco, decir que todo se hizo conforme a justicia social y legal.
Hay muchas cosas que bien podrán llevarse en una auditoría, y sacar a relucir en donde quedaron esos dineros públicos entregados en forma inconsciente e irresponsable a algunos.
Como la muchachita, secretaria de un poderoso, falta de talento, educción y formas que se hospedó por casi seis años en la esquina sureste de gobierno, y se sintió más reina que nadie. Regresará a su difícil y vacía vida, sin un perro que le ladre.
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