Impresionante noticia hemos viso hace unos días en la televisión acerca de un joven hidrocálido con poco más de 500 kilogramos de peso. Un desagradable récord mundial en el que México sobresale: los más gordos son connacionales, y la verdad, poco gratificante es escuchar eso.
El muchacho de treinta y tantos años padece diabetes, hipertensión y una serie de enfermedades más, aunado a la imposibilidad de moverse de una cama especial para él, en la que se manejan una serie de poleas que le permiten moverse de su sitio.
Es su madre quien se encarga de su aseo, y en ese sentido, poco se hace para que el individuo viva en condiciones aceptables.
Hay estadísticas que nos hablan de los antecedentes de este tipo de casos, además de lo que cuenta el chico y su bulling escolar desde pequeño.
No concebimos el hecho de alguien que dice amar a sus hijos y no se da cuenta del peligro que implica la gordura extrema, llamada técnicamente obesidad mórbida, que es lo mismo a todo lo que se les dice en la calle y que es un grave insulto que semeja a los animales más grotescos del mundo.
Lo llevaron a Guadalajara para tratarlo; lo pesarán en el zoológico, porque no hay balanzas adecuadas para sus dimensiones.
Nada más deprimente que leer o ver estos casos.
Y la pregunta que nos hacemos: ¿cuántos casos de este tipo hay en Tamaulipas? Se han llevado a cabo infinidad de campañas nacionales y estatales para detectar a los gordos de la entidad, tratarlos adecuadamente y darles el derecho de vivir una vida digna, sin sobresaltos, sin humillaciones y sin tantos riesgos a la salud, como hoy los tienen y qe parece que a nadie le importaran.
Es cuando entendemos que las medidas que se llevan a cabo son pocas en relación a la inconsciencia de la gente de tener familiares así y no actuar a tiempo.
Todos entendemos lo que es estar gordo, pasado de peso, llenito o como le quiera llamar: cuando un pantalón no nos queda, cuando la papada se cuelga exageradamente, cuando los cachetes crecen y los brazos se llenan de cueros que cuelgan, es inequívoca señal de que estamos gordos, así de claro.
No le busquemos calificativos bonitos al problema: es peso de más, sobrepeso y también, como se pueda entender, pero el caso es que la ropa adecuada no queda en esos cuerpos que semejan ser humanos y se han deformado a niveles impresionantes.
¿Quién debe hacer algo?
No podemos culpar a la secretaria de Salud Lydia Madero García o al presidente Enrique Peña Nieto: ellos no han manejado a estos personajes durante su existencia y les han obligado a llenar la barriga con porquería y media, con alimentos chatarra o con métodos que nada tienen que ver con la salud de los seres humanos.
Una persona obesa es una persona enferma, y tiene muchísimos riesgos.
Lo que hacen las autoridades es coadyuvar con la familia para establecer medidas que se pueden seguir, pero si nos dicen qué hacer y no lo acatamos, si no atendemos las recomendaciones, no podemos culpar a las autoridades por el problema que implica el peso de más.
Y es ahí donde, suponemos, se debe demostrar el amor que existe por nuestros seres queridos o amistades cercanas. Hay que actuar en consecuencia si no queremos que se involucren en las estadísticas de personas con alto riesgo de morir por los desequilibrios existentes.
Urge tomar medidas. Dejar de alimentarnos inadecuadamente y, en la medida de nuestras posibilidades, hacer un plan alimenticio congruente con nuestra realidad y nuestros recursos.
Es muy importante tomar conciencia, pero más aún, tomar acciones, medidas tangibles, reales, necesarias para que los nuestros no vivan esos infiernos que implican estar postrados en cama, sujetos a todo tipo de críticas… y enfermedades mortales. Actuemos ya, cuanto antes, contra el sobrepeso y la obesidad, por favor.
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