Somos especiales: en ocasiones nos desgastamos elaborando documentos que no sirven mucho que digamos, como el que, desde nuestra óptica tiene que ver con los millones de mexicanos que han sido desparecidos en los últimos años.
Una ley para personas desaparecidas no los aparece ni cura las heridas; cuando uno es víctima de un evento de privación de la libertad, es tan difícil superar las secuelas, que muchas veces nos morimos con ellas, y no hay ley que las quite.
Cierto, un documento condena estas acciones, pero… ¿y las secuelas? Por decreto no cambiamos el comportamiento del ser humano.
Ahora que esta de moda la violencia y las leyes para evitarla, no entendemos a veces qué se hace realmente para que ésta no siga creciendo.
Tenemos la violencia de género, la física, verbal, psicológica, laboral y muchas más.
Vivimos, por ejemplo, la laboral, en la que algunas personas creen que el único camino para conservar el empleo es mediante acciones que tienen que ver con la sexualidad y conceder “ciertos” favores a sus jefes; otras, piensan que deberán cambiar de filiación social o política para conservar su empleo, dados los acontecimientos que hemos vivido últimamente.
En el caso de la física, comentábamos acerca de la violencia hacia la mujer de infelices aprovechados que, haciendo uso de su fuerza bruta –más bruta que fuerza- las golpean y someten. Aquí hay que puntualizar que en algunos casos ellas lo permiten y sienten que es una muestra de amor (documentado científicamente), pero otras, no actúan por pánico a una represalia peor.
La violencia de las cantinas y bares, de las calles, de cuando vas manejando y pasa un desadaptado y porque lo rebasas o le interrumpes su llamada te mienta la madre con el claxon, con un aire de superioridad enfermizo.
La violencia política, donde si no eres del partido gobernante no eres apto para nada.
O la violencia psicológica, la más grave quizás, porque afecta a todos por igual y nos tiene sumidos en una incertidumbre terrible; no podemos olvidar la violencia hacia los discapacitados, que son arrumbados como materia de desecho en sus casas y no tienen las mismas oportunidades laborales.
No hay que confundir con oportunidades y el hecho de ubicarlos donde no puedan desempeñarse. No es justo ubicar a una persona invidente, por ejemplo, en un trabajo de revisión de textos, o a una persona muda como locutor. No mal entendamos. Esos malentendidos son banderas de oportunistas politiquillos que pretenden hacernos ver que están preocupados por los demás.
La violencia está castigada en las leyes desde que existe el ser humano, y no tenemos que andar haciendo leyes especiales que porque si a los niños se les ve feo, o porque a los adolescentes se les persigue, o porque a los que tienen tatuajes se les condena, o si a los obesos se les margina. No. No es por ahí la cosa.
El asunto es promover el respeto a todas las clases, grupos, edades, condiciones sociales, económicas y culturales. Así de sencillo.
Si respetamos a los de al lado y enfrente, no tendríamos que andar haciéndonos patos con crear nuevas leyes que tampoco se cumplirán.
Si usted golpea a alguien, sea quien sea, debe ser sujeto a una sanción jurídica y ya. No le busque peras al olmo: no es tan difícil hacer justicia si se maneja sencillamente.
Qué bueno que se preocupen por los discapacitados ahora, pero más importante será promover una cultura de respeto hacia el que nos rodea y convive con nosotros en todos sentidos. Eso sería ser congruentes con las necesidades de la sociedad.
Y lejos de castigar, la autoridad debiera promover acciones de prevención, que tendrían mucho mejores resultados… y más baratos para el Estado y para nosotros.