Algunas décadas atrás se pensaba en la inteligencia como una entidad que hacía referencia básicamente al cociente intelectual. Una entidad inherente a cada uno de nosotros en diferentes grados.
Los niños y jóvenes inteligentes eran quienes, principalmente, obtenían buenas calificaciones en ciencias formales como matemáticas y matemática lógica. No se daba mucha importancia a quienes destacaban en ciencias fácticas como las ciencias naturales y sociales. Y aún más abajo se situaba a quienes pensaban en disciplinas de humanidades, relacionadas con el arte y la religión, entre otras.
Hoy en día sabemos que existen una serie de inteligencias, no sólo una. De acuerdo al psicólogo norteamericano e investigador Howard Gardner la inteligencia es una capacidad desarrollable y no solo algo innato para resolver problemas o elaborar productos que sean valiosos en una cultura.
El trabajo científico de Gardner permite conocer nueve inteligencias distintas: lingüística, musical, lógico matemática, espacial, corporal-kinestésica, emocional, intrapersonal, interpersonal e inteligencia naturalista.
De ahí que podamos distinguir, entre nuestros alumnos o hijos, quiénes tienen talento para la música, quienes se desempeñan mejor escribiendo o sobresaliendo en un deporte, o a quien le gusta escuchar y entender a los demás, quien tiene la capacidad de reflexionar sobre sí mismo y quién no.
Algo de lo que debemos estar muy seguros es el manejo que cada uno de nosotros hace de las distintas inteligencias, pero sobre todo de la inteligencia emocional ya que podemos ser hábiles en los deportes, la lectura, la escritura, las matemáticas y más, reconociendo espacio y tiempo, pero si nuestra inteligencia emocional se ve afectada, difícilmente nos podremos desarrollar de forma adecuada e inteligente a nuestro entorno.
Por su importancia, la inteligencia emocional merece ser abordada ampliamente.