El polvorí­n del MENA

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Si en un primer acercamiento se otea el mapa de Medio Oriente y después las estadí­sticas relacionadas con sus reservas de crudo y a vuelo de pájaro es revisada la cartografí­a de sus caudalosos e históricos rí­os, lagos y afluentes, entonces sin lugar a dudas queda expuesto que la cruenta vorágine desestabilizadora en la región es producto de una lucha intestina de intereses externos por apropiarse del control de sus recursos.
Lo que en su dí­a fue concebido en el ideario del estadista egipcio Gamal Abdel Nasser como la cuna del Panarabismo, tratando de emular los primeros pasos de Europa con la fundación de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA) que entró en vigor en 1952, quedó como una quimera para la unidad de todos los pueblos árabes.
Nasser querí­a una unidad polí­tica de todas las naciones árabes inspirada en el nacionalismo, la defensa de los intereses comunes y el rechazo a toda injerencia extranjera; mientras la Europa de la posguerra buscaba acuerdos para fortalecerse económicamente hablando frente al nuevo mundo que se estaba forjando renaciendo de las cenizas de la devastación Nazi.
Andado el tiempo, los resultados entre uno y otro son ambivalentes y contradictorios: Oriente Próximo se desgaja más confrontado que nunca entre sí­ mientras que Europa ha logrado celebrar “no sin contratiempos- una unidad económica, comercial y en otras áreas; un entendimiento de seis décadas porque la CECA logró servir de base para forjar de forma pionera la Comunidad Económica Europea y más adelante lanzar a la Unión Europea (UE).
Lo del Panarabismo que era una plataforma inicialmente polí­tica asustaba del otro lado del globo terráqueo porque de haber resultado exitosa hubiese unido a las economí­as más poderosas en el renglón de los hidrocarburos, esto es, tener al completo en la mano la llave del grifo de las energí­as no renovables.
Fracasado el plan -en parte por la muerte de su autor intelectual (Nasser murió el 28 de septiembre de 1970)- los paí­ses que forman el MENA (acrónimo en inglés para referirse a Medio Oriente y el Norte de ífrica) enfrentaron una serie de divisiones en la medida que Estados Unidos buscaba cada vez más aliados en la región, al tiempo que la creación del Estado de Israel y su expansión, reorganización y fortalecimiento militar mantuvo confrontados a otros paí­ses árabes para repeler la extensión de la polí­tica sionista.
Ese poderoso atlas geoenergético marcó toda una época convulsa y rí­spida en la que escarmenar los hilos del poder estuvo al borde de provocar una nueva conflagración mundial¦ tal y como acontece actualmente.
Si en la década de 1970, los paí­ses petroleros árabes lograron manipular los petroprecios y utilizarlos como artillerí­a pesada para coaccionar y provocar a Estados Unidos, a la fecha mucho ha cambiado en la cohesión de la polí­tica interna de dichas economí­as: Irak devastado tras la caí­da de Sadam Husein; Libia también atrapada por los demonios de la inestabilidad una vez que fue defenestrado Muamar el Gadafi; Emiratos írabes Unidos confrontado con Catar mientras la economí­a catarí­ enfrenta un boicot comercial y económico por parte de Arabia Saudita. No se libra Irán con roces diplomáticos crecientes con Kuwait y los saudí­es.
En suma: de los 14 paí­ses miembros de la Organización de Paí­ses Exportadores de Petróleo (OPEP) los seis que están ubicados en Medio Oriente enfrentan su particular némesis, ¿preocupante? ¡Claro! Porque está en juego el control del maná energético vitalmente necesario para el sostenimiento económico del modelo de producción predominante.
A COLACIí“N
Hoy en dí­a el 43% de la producción mundial del combustible y el 81% de sus reservas están en el subsuelo de las naciones que forman parte del bullicioso cónclave energético.
Nada más entre Arabia Saudita, Irán e Irak se concentran las más cuantiosas reservas probadas de crudo, de acuerdo con datos de la OPEP a 2017, se tratan de 266 mil 208 millones de barriles para el primero; aproximadamente 157 mil 200 millones de barriles para el segundo; y de 148 mil 766 millones de barriles de crudo para el tercero.
Aunque en los íºltimos veinte años Estados Unidos ha logrado amacizar una polí­tica energética para reducir su vulnerabilidad hacia las importaciones de las energí­as fósiles, y ha dedicado más y más recursos en pro de incrementar tanto su producción para abasto interno como para hacer acopio de reservas, hoy por hoy y más allá del dí­a de mañana el níºcleo del futuro energético descansa en Medio Oriente.
Por eso desde 2001, Estados Unidos desembarcó sin tapujo alguno en esa parte de Asia, aprovechando el pretexto de los atentados del 11 de septiembre de dicho año y entró primero en Afganistán, dos años después se fue hasta Irak y no ha descansado en promover transformaciones con la Primavera írabe.
A mí­, en lo personal, lo que más me llama la atención son los cambios calamitosos que están padeciendo los paí­ses petroexportadores en la caí­da de sus ventas y en la forma cómo les impacta la inestabilidad y la volatilidad de los petroprecios; una factura dañina por ser dependientes de este commodity.
Para reflejarlo voy a utilizar la cifra total de la OPEP derivada de la sumatoria de sus paí­ses miembros: 1 billón 182 mil 968 millones de dólares en 2012 resultado de las exportaciones petroleras que para el cierre de 2016, significó exportaciones petroleras por un total de 445 mil 684 millones de dólares. Sin palabras, una caí­da estrepitosa que lo dice todo.
Directora de Conexión Hispanoamérica, economista experta en periodismo económico y escritora de temas internacionales