Semana Santa: tiempo de reflexión

Más que vacaciones, la Semana Santa es un intervalo de reflexión en el largo trají­n de los dí­as, un breve respiro en el vertiginoso ritmo de la vida actual, tan desesperada, por pasar de prisa.

Se trata de una cita con uno mismo, un diálogo interno en soledad, en la retrospectiva í­ntima de las emociones que van aflorando de forma natural y espontánea.

Algunas veces es bueno parar, encerrarse en una burbuja a fin de evaluar en qué punto de nuestra vida nos encontramos, si se ha tomado el camino correcto o bien es quizá, momento de ruptura y de reorganización. Tomar las riendas del destino de otra forma.

En momentos en que el materialismo, la ambición desmedida y la avaricia movilizan el dí­namo de la corrupción, y en que el avance de la tecnologí­a está abriendo nuevos dilemas éticos -como el inminente desplazamiento del ser humano por la inteligencia artificial- en fechas tan significativas, la pugna entre el ser y el estar, está más vigente que nunca.

La lucha entre el materialismo y el estoicismo, la guerra entre lo carnal y lo espiritual, la eterna batalla entre el bien y el mal; entre poseer o no poseer; las pugnas entre lo polí­ticamente correcto e incorrecto.

Toda decisión es un resumen de la posición ética-filosófica-moral y espiritual que nos caracteriza: darse a los demás desinteresadamente, ayudar al prójimo sin esperar nada a cambio, ¿cuántas veces nos hemos detenido, por ejemplo, en auxiliar al menesteroso?

No se trata nada más de regalarle unas monedas o un bocadillo, sino de darle una oportunidad para reintegrarlo a la sociedad, muy posiblemente tendrá un talento natural no explotado porque se ha quedado invisible ante la sociedad, porque no ha podido potenciarlo ante la falta de estudios y porque, huérfano de amor, la calle se ha convertido en su íºnico hogar.

El amor es una llama mágica que hace vibrar, su propia intangibilidad cobra fuerza cuando somos capaces de transmitirlo, de hacer que pequeños detalles se conviertan en el fuerte aleteo de una mariposa capaz de transformar¦ de tocar el alma del otro o de los otros.

Amigo lector, ¿cuántos seres han tocado su alma? ¿Cuántos le inspiran? Hay quienes sienten una fervorosa admiración y devoción por Cristo, por sus virtudes y su especial modestia.

Otros más dirán que quisieran emular a gente como Martin Luther King, Ernesto œel che Guevara; a Mahatma Gandhi, John Lennon, Frida Kahlo o bien ser como la joven Malala brutalmente atacada en Pakistán por un talibán que le disparó en la cabeza, cuando contaba con 15 años de edad, nada más por querer estudiar e ir a la escuela.

Estamos hablando de la plenitud del siglo XXI, la era de la nanotecnologí­a, del chip, del GPS, de las facilidades en las telecomunicaciones y del parteaguas de la inteligencia artificial; nada que ver con el Siglo de las Luces, la Ilustración francesa marcó los ideales polí­ticos, constitucionales y sociales de las futuras generaciones en casi todos los paí­ses del orbe hasta nuestros dí­as.

A COLACIí“N

Semana Santa, tiempo de reflexión: nos preguntamos qué demonios le pasa al mundo, por qué hay tanta crispación, odio, violencia, ideas retrógradas como si una nube gigante cargada de oscurantismo quisiera devorarnos y regresarnos al medioevo; entonces, deberemos autocuestionarnos cómo está nuestro corazón, cómo están nuestros sentimientos, cómo está nuestra propia y autónoma salud emocional. ¿Usamos a los demás, les mentimos, los engañamos, los manipulamos a nuestra conveniencia?

La expresión de la violencia en todas sus formas no es más que la sintomatologí­a de que es menester recuperar nuestro propio tejido interno, fortalecer esos vasos comunicantes con nuestro espí­ritu, nuestras creencias, nuestra fe y nuestra posición metafilosófica y agnóstica en la era que vivimos.

Hoy hace falta una gran reconciliación social lo vemos en casi todos los paí­ses con profundos desgastes; hace falta también mucho diálogo, lo vemos igualmente en muchos paí­ses cuyos polí­ticos están negados a hablar con los adversarios para dirimir los conflictos y entonces la prolongación de los mismos termina pasando factura social y minando la credibilidad en las instituciones, en los partidos, en el sistema¦.

¡Qué importante es el diálogo! ¡Cuán importante es hablar! La base de la comunicación parte del entendimiento para lograr acuerdos, uno habla y el otro escucha, y viceversa; lo vemos con nuestros polí­ticos encerrados en su despacho, enfermos de soberbia, impedidos para dar el primer paso para hablar. Hagamos que estos dí­as no pasen en vano¦