La guerra del taxi en España

Estos dí­as estivales de temperaturas por encima de los 35 grados y de miles de vacacionistas arribando a España, justo ocurre un parón enorme de taxistas en las principales cabeceras urbanas.
Ya no es íºnicamente que las huelgas de las aerolí­neas sucedan en verano, tampoco que las convocatorias laborales para exigir mejoras salariales de los trenes justamente transcurran en las vacaciones ahora también los taxistas han decidido manifestarse y además colapsar el tráfico citadino.
Le llaman gremio¦ en el argot popular pero en economí­a se le conoce como monopolio, uno que se niega a la competencia de los desafí­os de los nuevos tiempos con el Uber, el Cabify y muchas otras modalidades más que surgirán como el coche sin chófer.
Quieren seguir teniendo el negocio completo, todo el pastel, y no pretenden compartirlo sin estar en similitud de condiciones con los llamados Vehí­culos de Transporte con Conductor (VTC).
En España, no han sido pocos los problemas contra Uber y Cabify, en varios sitios, inclusive, les han prendido fuego a los vehí­culos particulares usados para transporte de personas; tampoco han sido nimias las peleas callejeras y los insultos contra los chóferes de VTC.
El gobierno del entonces presidente Mariano Rajoy hace tiempo que dejó flotar todo a la inercia, a que el momento y los propios acontecimientos lo fueran resolviendo, pero sin tomar decisión alguna¦ lo vimos con el caso de Cataluña y su desafí­o independentista que pedí­a a gritos una solución polí­tica ví­a el diálogo negado desde La Moncloa.
La incapacidad de Rajoy dejó muchos otros frentes abiertos, el nuevo gobierno (resultado de una moción de censura) del socialista Pedro Sánchez intenta atajar y tener a todos contentos, una muy difí­cil y poco pragmática solución porque ejercer el poder, verdaderamente ejercerlo, no implica tenerlos a todos contentos¦ es imposible.
Desde el Ministerio de Fomento cuyo nuevo titular es José Luis íbalos están sosteniendo una serie de reuniones in extremis primero para desconvocar el parón de los taxistas y hacer que todo vuelva a la realidad e impedir que más y más gremios de toda España terminen con sus taxis parados en la ví­a píºblica atascando la circulación y sin movilizar a la gente.
Ayer, por ejemplo, se reunieron con representantes del sector y también con lí­deres de Uber y Cabify que pidieron œno rendirse ante el chantaje, el gremio de los taxistas quieren una segunda licencia urbana para los VTC y que tengan igualdad de condiciones en seguros y en materia fiscal; en prácticamente todo.
Algo muy difí­cil de cumplir, porque, para empezar los taxistas como en todo el mundo la han sudado muy gorda eso hay que decirlo: tienen que pagar una licencia costosí­sima para ser taxistas, comprar las placas y si son dueños seguramente están hipotecados a su taxi, que mal que bien, les proporciona de comer.
No obstante, demoran muchos, muchos años en pagar ese pequeño privilegio de ser dueños de su taxi algo que los VTC no tienen; le pongo un caso amigo lector de por qué están tan descontentos e iracundos en el paí­s ibérico. ¿Sabe cuánto cuesta en España una licencia para operar un taxi? Cuesta 150 mil euros, es decir, al tipo de cambio, la friolera de 3 millones 258 mil pesos.
Una cantidad que en México harí­a temblar a cualquiera, simplemente impagable para todos los taxistas del paí­s azteca; pues bien muchos de sus colegas en España piden préstamos bancarios para poder, algíºn dí­a, ser dueños de sus licencias.
A COLACIí“N
Su postura personal es totalmente entendible, por el lado de la libre competencia¦ no. Imagine que ha pedido un crédito que está pagando su licencia, mes con mes y que le falta mucho tiempo para terminar de amortizarla. Y que en su pensamiento natural espera que esa licencia sea su seguro para la vejez, para tener un retiro sosegado, porque la usará a su vez para vendérsela o rentársela a un joven que apenas esté empezando en el negocio.
Pero no contaba con que, un dí­a de repente, se autorizarí­a que una persona X sin pagar licencia, sin créditos de por medio, pueda usar su vehí­culo particular para transportar personas y cobrar por ello a un precio más barato que un taxi.
Es decir, desde su punto de vista, todos los taxistas tienen razón; no así­ si lo vemos por el lado de la competencia económica en un sistema de libertades económicas lo que significa que una persona pueda usar su vehí­culo para transportar gente y ganar dinero a su vez con el aval de los propios reglamentos píºblicos.
Asegurarle a los taxistas que su gremio y su trabajo subsistirá por muchos años más como un monopolio calcáreo serí­a mentirles, no van quizá a sobrevivir a todo cuanto se avecina ya: coches que se manejan solos, coches operados con robots, coches de particulares conectados mediante apps que ofrecen trayectos. Las futuras generaciones sabrán qué es un taxi cuando vean alguna pelí­cula de Nueva York.
Directora de Conexión Hispanoamérica, economista experta en periodismo económico y escritora de temas internacionales