¿Saludable seguir la corriente?

Sinceramente, pensamos que seguir la corriente a los demás es un acto que evita muchos conflictos, pleitos y discusiones, sin embargo, es poco práctico y poco ético.

Entendemos que hay quien toma decisiones para tratar de aplicarse en una comunidad, es decir, que persiguen un objetivo colectivo, pero no podemos pensar que los que toman decisiones son perfectos. De hecho, siempre que se hace algo -obra, ley o lo que sea- hay detractores, unos de buena y otros de mala fe que externan sus opiniones con la idea de mejorarla o destrozarla, porque habemos personas de todo tipo.

El caso es que muchos dicen: œhubiera hecho¦. O œhubiera propuesto¦ cuando nos quedamos callados por miedo a muchas cosas, entre las que destaca el de perder los privilegios en el trabajo, el mismo trabajo y otras cosas que tienen que ver con la economí­a familiar.

Otras personas suponen que por sus hijos deben callar, y de eso se aprovechan muchos polí­ticos, gobernantes y supuestos servidores píºblicos.

Nada hay más errado que una actitud de esta naturaleza, desde nuestro particular punto de vista.

Si yo soy amigo de tal o cual persona, y tengo la confianza, podrí­a acercarme y decirle que no me gusta su decisión por alguna razón que debe estar bien sustentada.

En la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales Victoria, al menos en forma personal, trato de que los muchachos piensen por sí­ mismos y no decidan como borregos lo que la mayorí­a eligió porque œdijeron de rectorí­a, œdijeron de dirección, o œmandaron decir que¦

Supuestamente tenemos en nuestras manos la parte más preparada y pensante de la sociedad: los que tienen acceso a la educación superior yprofesional, y si les enseñamos que hay que someterse y obedecer ciegamente, estamos mal.

No se trata de incitar a la desobediencia: se les enseña a externar sus puntos de vista y acatar lo que la mayorí­a decida, aunque no sea de nuestro agrado, pero sí­ a externar nuestro punto de vista que, entendemos, debe ser importante.

El gobernador y el alcalde tienen entre los que cobran gracias a su generosidad, a algunos que se ostentan como asesores o consejeros, expertos o algíºn nombre diferente, pero no son más que paleros que no se atreven a decirle al jefe œestás equivocado, porque esto puede propiciar tal o cual cosa. Nadie se atreve a decirle al jefe que se equivocó de decisión u ordenamiento.

En ese grupo de asesores hay quien anda en las calles y recoge el sentir popular y podrí­a ser de gran utilidad. Grandes hombres en el mundo han echado mano de sus asesores y han rectificado.

No es malo reconocer y rectificar: es humano y engrandece a quien escucha a los demás.

Es por ello por lo que siempre pensamos que hay que fomentar el diálogo y el saber escuchar, el entender lo que otros quieren para aplicarlo en la medida que la gran mayorí­a pueda salir beneficiada.

Esa serí­a la labor de los asesores; no íºnicamente cobrar esos salarios insultantes por alabar al jefe, sino hacerlo que luzca, que sus decisiones se noten y que sean adecuadas, porque en la medida que él se hace grande, el equipo de trabajo es grande. Es inercia natural, así­ de claro.

Y deben la gente sacudirse ese miedo de que le corran o algo por el estilo, y los que gobiernan sacudirse la soberbia con que fueron adiestrados -porque eso no es educación- y entender que cualquiera puede tener una mejor idea que ellos, y que deben aprender a escucharlos.

Es hora de humanizar el servicio píºblico, y hacer mortales a esos que se creen parte de los habitantes del Olimpo y se sienten intocables, que se ofenden porque los mortales les vemos siquiera.

Cuidado: el poder marea.